¿Lees novela erótica? ¿Te has corrido alguna vez cuando tus ojos se deslizan por las palabras escritas en páginas amarillentas, mientras sientes los latidos atenazando tu polla caliente y dura en el pantalón vaquero?

¿No has sentido como un escalofrío recorre tu espalda desde el pubis, dándote la sensación de que necesitas aire... o mejor, una boca que recorra esa verga erguida desde su base hasta la punta? Muy mojada, mucha saliva caliente resbalando por unos labios carnosos pintados de rojo que se desdibujan manchando el rostro femenino.

Mi rostro...

En su defecto puedes masturbarte, agarrar firmemente tu polla con la mano, rodear el capullo con los dedos gruesos y sentirla palpitar. Gemir.

¿Quieres correrte leyendo novela erótica? ¿Quieres que escriba porno para ti? ¿Quieres recordar estas palabras mientras estás conduciendo, acostado en la cama, o duchándote? ¿Quieres sentir como se te pone dura cuando el agua acaricia tu culo al entrar en el mar? ¿Quieres imaginarme jadear tu nombre mientras estamos separados, fantasear con cómo me masturbo tirada sobre la alfombra de mi dormitorio, como me penetro yo misma y me lamo los pezones... pensando en ti?

Como me estremezco al correrme... gritando tu nombre.

Imagina leche condensada resbalando por mis nalgas. Y ahora imagínala resbalando por mi coño rasurado. Imagina que la lames, que la chupas entera, y que yo te acompaño. Que nos pringamos entre sudor y azúcar.

Y ahora imagina que no es leche condensada...

¿Quieres?

Yo quiero que te corras pensando en mí.

Puedo hacer que te corras pensando en mí.

Puedo.

Puedo escribirte las cosas más calientes.

Puedo.

¿Quieres?

Mostrando entradas con la etiqueta Otros Relatos Eróticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otros Relatos Eróticos. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de octubre de 2014

Foie para cenar

Toda la mañana comiendo chocolate.

Acababa de abrir mi segunda tableta cuando sonó el teléfono. Era una buena amiga mía, preocupada porque no había dado señales de vida desde el viernes por la noche. Y ya era martes…

La despaché rápido, mucho más de lo que merecía tras estar desaparecida cuatro días sin contestar a sus mensajes. Pero es que hablar con la boca llena del goloso alimento, y conseguir no babear al hacerlo, no era lo recomendable.

Necesitaba chocolate porque andaba excitada desde el viernes. Porque había conocido a un hombre muy atractivo esa noche, y no había tenido el valor de irme con él. Tal vez eso había sido lo más sensato, pero tener la mente tranquila no hacía que se calmara mi entrepierna.

-          ¿Seguro que estás bien?- me había preguntado mi amiga, al otro lado de la línea telefónica.
-          Todo lo bien que se puede estar cuando te sientes una completa imbécil-, le había contestado yo, tratando de tragar el chocolate antes de hacerlo-. Tranquila, se me pasará en cuanto eche un buen polvo.

El problema radicaba en que no estaba segura de ello. Mi novio nunca había conseguido excitarme tanto, y eso que a fuerza de insistir en acostarnos al final había resultado ser un buen comensal entre mis piernas.

Pero aquel hombre, sin apenas rozarme, había hipnotizado mis sentidos. Mi oído se quedó prendado de sus palabras, obscenas y viciosas. Encendió mi mente con tanta rapidez que me derribó las defensas sin apenas haberlas levantado.

Llevaba suspirando por él desde el viernes por la noche.

Había puesto la televisión, sin ganas de ver nada. Había intentado leer, pero con escaso avance por las páginas del libro. Había ido a trabajar, pero no había sido nada productiva. Y había intentado dormir, pero me pasaba las horas llevándome la mano a la entrepierna, buscando el desahogo de un orgasmo.

Pero, aunque me corría, seguía sintiéndome vacía.

A poco que me despistara lo tenía metido en la mente. Alto, atractivo, musculado, elegante… ¿Por qué habían hombres así? Hecho para el pecado, sin duda alguna. El demonio lo había creado para llevarse las almas de las chicas tontas como yo al infierno. Y la mía tenía muchas ganas de perderse entre las brasas, con tal de ser poseída por semejante hombre. Total… si de perder la cabeza se trataba, mejor pasar la eternidad rodeada de tentaciones malsanas, gemidos y piel marcada a base de arañazos y esperma.

Menos mal que mi mente, de vez en cuando, reaccionaba y me daba un bofetón bien merecido. Aquel desconocido podría haber sido cualquier demente, un pervertido, el mayor asesino en serie jamás capturado, o cualquiera de las ideas atroces que me pudieran pasar por la cabeza. Haberlo seguido hasta su moto podía haber sido una locura; haber aceptado el segundo casco, haber abierto las piernas para encajarlas a ambos lados de su cuerpo y aferrarlo en el momento en el que se pusiera en marcha…

Más chocolate.

La sensación de sentir arder el cuerpo es agradable al principio, pero muy molesta cuando llevas ardiendo varios días. No había aerobic en el gimnasio para tanto chocolate. Y yo hacía un par de semanas que no pisaba el gimnasio. Mi amiga opinaba que ese era uno de los problemas, que no conseguía canalizar el exceso de energía de forma adecuada. Ella y su misticismo. Yo pensaba, simplemente, que necesitaba la boca de aquel hombre haciendo su trabajo en los puntos de mi anatomía más necesitados de atenciones.

Y, el más importante, era mi oído.

Adoro el sexo en el que un hombre te seduce con el habla. Me embauca una buena conversación, una palabra zalamera, una lengua revoltosa dentro de la boca, acariciando las letras al dejarlas escapar de entre los labios. Una lengua que poder imaginar mientras me seduce. Una lengua que se empecina en marcar senderos de saliva por la piel encendida. Y una boca cubriendo los pezones, mientras los dedos viriles se introducen en la mía, buscando que los chupe.

Era normal que no me estuviera concentrando en el trabajo, si no conseguía apartarlo de mi mente. Sus pantalones ceñidos a la cintura, marcando su virilidad, y sobre todo sus nalgas duras y contorneadas, me perseguían por todas las estancias de la tienda, acosándome con cada arruga de tela, con cada sombra, con cada bulto… Aquella noche la chaqueta la llevaba ajustada, imagino que como la suelen llevar los moteros. Bajo ella, una camisa perfectamente planchada, con las mangas recogidas a la altura del codo, se tensaba con sus movimientos mientras cambiaba de postura al revolotear a mi alrededor, en modo acoso y derribo.

¡Y vaya si me había derribado!

La verdad era que me encantaban los hombres maduros. Rondaba los cuarenta, con alguna que otra cana en el cabello, perfectamente peinado a pesar de haber llevado el casco puesto. La presencia de ejecutivo conquistador lo hacía prácticamente irresistible. Asequible, no como los ricachones que se empeñaban en describir las escritoras de moda. Un hombre con el que te puedes encontrar en el supermercado, vestido con vaqueros, eligiendo un buen vino y algo de foie para cocinar esa misma noche, únicamente con un delantal puesto. Un sibarita que se cuidaba, que le gustaba seducir, que disfrutaba con las cosas buenas sin llegar al despilfarro.

Un hombre que te sujetaba los brazos en la espalda mientras te follaba a cuatro patas.

Más chocolate. ¡Mierda! Se había terminado.

Pensando en que debiera vestirme para ir a la tienda en busca de más, y no de foie precisamente. Y, seduciendome la idea de preparar una buena cena, rodé por la cama hasta quedar boca arriba. Mi respiración seguía agitada, como los cuatro días anteriores. La piel quemaba y la boca continuaba con ese sabor amargo producido por la decepción. Y el arrepentimiento. Porque, no podía engañarme… me arrepentía de no haberlo acompañado esa noche. Mi sibarita truhan no tenía pinta de ser un asesino en serie. Aunque a aquellas alturas de cocción a fuego lento que llevaba por mi calentura poco me habría importado que me hiciera un par de cortecillos de nada si mientras me iba rellenando con su polla las entrañas.

Me levanté como un resorte con la idea en la cabeza. Ciertamente tenía que escapar de aquel círculo vicioso en el que se había convertido mi vida desde la otra noche. Un hombre no podía hundirme la moral por muy guapo que fuera, y por muy bien que cocinara el maldito foie, luciendo trasero desnudo y apetecible entre las telas de un delantal tan negro como sus cabellos.

Chocolate. Chocolate. Chocolate…

Me quité el pijama de Snoopy. Sí, ¿algún problema con el perrillo? En casa me pongo cosas ridículas; cuando salgo a la calle es otra cosa. Me enfundé a la carrera un vestidito veraniego de lo más sexy para salir de mi casa. Mis padres estaban de viaje y yo había heredado el fuerte, y lo protegía como mejor sabía: no dejando que ardiera la casa. Y lo único que se me ocurrió, saliendo por la puerta con algo de dinero en la mano, fue mirar si dejaba abierta la llave del gas.

Bajé por las escaleras de forma casi atropellada, y en un momento me vi en la calle. La tienda de barrio a la que pensaba ir estaba a una manzana de mi portal, por lo que me dispuse a disfrutar del aire fresco de la tarde y a tratar de apartar de mi mente al dandi salido del averno. Pero me resultó imposible. En la entrada del establecimiento de ultramarinos me detuve, y cerré los ojos para dejar que mis fantasías cobraran vida una vez más. Mi adonis estaba en el mostrador de refrigerados, con el paquete de foie en la mano, y una botella de vino nada barata en la otra. Se me antojó imaginarlo curioseando también una pieza de queso, y algo de pan para terminar de completar el menú de la noche.

No pude recrearme en la vestimenta de mi fantasía, porque eso de pasar un rato en la puerta de una tienda, mirando con cara de lela sin haber nadie donde miras no tenía que ser buena señal. Y sin perder de vista mi objetivo entré en el establecimiento, pasando de largo de la zona de refrigerados, donde el aura del diablo hecho hombre continuaba llenando el espacio. Me hice con un par de tabletas de chocolate, y ya me dirigía la zona de caja para pagar cuando necesité dar media vuelta e ir a ver cuánto valía la condenada tarrina de foie. Menos mal que junto con las monedas sueltas había cogido también la tarjeta de crédito.

Al volver a casa portaba en una bolsa de papel tres paquetes de chocolate con leche extrafino, y sin almendras, que engordan. También llevaba una botella de vino que seguramente no sabría apreciar, una cuña de queso que tenía casi más años que yo, y una porción de un foie carísimo que probablemente estropearía nada más encender el fuego de la cocina, ya que en la vida lo había preparado. También llevaba pan, pero era de lo normalito que se solía comprar en una tienda los martes por la tarde.

Al entrar en casa volvió a mí la sensación de pesar. Me estaba dando cuenta de que estar encerrada era mucho más estresante que andar haciendo cualquier cosa. Sobre la mesa del comedor, al lado de la entrada, estaba aún el pequeño bolso con las tres cosas que solía llevarme cuando salía de noche. Junto a ellas, compartiendo espacio, estaba la tarjeta que el diablo me había entregado, con su número de teléfono.

El demonio siempre sabe como tentarte…

No me había atrevido a coger el bolso y sacar la tarjeta. Tenía miedo de no ser capaz de controlar el impulso de coger el teléfono y marcar su número. Y allí había continuado, sepultado con todo lo que se me ocurrió echarle encima para verlo poco. Pero, como en ese cuento en el que se sepulta un cadáver y el latido del corazón te atormenta, y te hace enloquecer, a mí aquella maldita tarjeta me pedía que la tomara, a veces con palabras zalameras, y otras veces con exigencia y apremio.

Casi me había comido otra mitad de una tableta sacando los víveres para la cena cuando decidí que el foie había que cocinarlo desnuda. Me fui al dormitorio, dejé el vestido sobre la cama de cualquier forma, y colocándome unos tacones negros volví a la cocina sin otra prenda de ropa. El delantal de mi madre no era tan sexy como el que veía en mis fantasías, pero no podía encender el fuego de la cocina sin algún tipo de protección. Le hice una lazada por delante y observé el efecto de mis nalgas escapando por la parte de atrás de la tela. Estaba realmente sexy.

Volví a la cocina y desempaqueté los víveres. Tostar pan, sacar una plancha para el foie, cortar el queso, poner a enfriar el vino… Fui haciendo todo meticulosamente, prestando atención a cada detalle, pensando que el diablo estaba sentado a mi espalda, observando mi culo moverse cada vez que yo daba un paso.

Él, vestido con una ligera bata cogida de mi dormitorio para cubrirse algo las partes nobles, estaba sentado justo detrás, con las piernas cruzadas y los pies desnudos. En la mano tenía una de las copas que había sacado para el vino, y que él se había servido generosamente, tras apreciarlo en un ritual que yo no podía comprender. Serví el queso mientras me lo imaginaba empalmándose, llevándose la copa a los labios. Saqué las rebanadas de pan del horno mientras lo vi separarse los bajo de la bata, y dejar a la vista una enorme erección, dispuesta a usarme tan pronto me acercara a reclamarla. Se reclinó en la silla y esperó, y yo empecé a sudar pensando que no podía ser nada bueno tener aquellas fantasías mientras cocinaba.

O en cualquier momento. En verdad ya no podía apartarlo de mi mente.

Me llevé otra onza de chocolate a la boca mientras rebuscaba en mi mente la respuesta a por qué me sentía tan atraída por aquel completo desconocido. Había entrado en el bar dejando la moto aparcada justo en la puerta. Pude oírla cuando llegaba. Lo observé poner un pie en el suelo, y acto seguido pasar la otra pierna sobre ella para bajarse. Se quitó el casco integral cruzando la puerta acristalada, y durante los dos pasos siguientes se fue bajando la cremallera de la cazadora entallada, dejando ver la camisa de listas azules y blancas. Se desenroscó del cuello una bufanda ligera, y la metió en el interior del casco, junto con unos auriculares. Y al llegar a la barra dejó el casco sobre la madera barnizada, se quitó la chaqueta, y mirándome directamente a los ojos, empezó a quitarse los guantes.

Lentamente…

El cazador se había fijado en su presa, pero yo en ese momento aún no me sentía en peligro.

Veinte minutos más tarde, y tras intercambiar tantas miradas que había perdido la cuenta, la distancia entre ambos se había reducido a unos veinte centímetros de madera. Su casco a un lado, y mi bolsito al otro. Sus ojos llameando buscando los míos, y yo sin saber donde meterme para no abrir la boca e ir en busca de su lengua. Mis manos jugaron con la idea de aferrarse a sus cabellos mientras compartíamos un primer beso devastador, con las suyas envolviendo mi cintura para atraerme entre sus piernas y apresarme hasta dejarme sin aliento.

Nada de eso pasó…

Sólo lo escuché hablar. Seducirme con las palabras bien elegidas, que seguramente tantas otras veces habían tenido el mismo efecto en otras muchachas como yo. Lo dejé avanzar sin importarme si estaba cayendo en sus redes, pensando que podía controlarlo, que tenía aún poder sobre mí misma. Una pena no darme cuenta de que me había embrujado un poco antes, cuando tomó mi mano, y avanzando hacia la puerta, me instó a que lo siguiera.

Di un par de pasos, pero paré. No lo seguí…

Y, sin embargo, no perdió la sonrisa seductora. Se acercó nuevamente a mi cuerpo y pasó la bufanda por detrás de mi cuello. Levantó los cabellos para que sintiera la tela en la nuca, y sus dedos al hacerlo. Acarició los mechones, y los agarró con la mano un leve instante, prometiéndome el infierno en la tierra. Y me consumí en ese contacto. Tiró de ambos extremos de la bufanda, acercando mi rostro al suyo, apartando el aire viciado entre los dos. Y allí, a escasos centímetro de sus labios, me dejó oler su piel y su saliva, perversas las dos.

-          No te lo voy a decir dos veces…

Mis labios casi pudieron saborearlo.

Pero no lo seguí. No me atreví a hacerlo, y me quedé plantada en medio del bar, sintiendo como desenredaba la bufanda tirando de un solo extremo, para luego ir a colocarse alrededor de su cuello. Se colocó uno de los guantes antes de extenderme su tarjeta. La cogí por el otro extremo, sin atreverme a un nuevo contacto. Estaba segura de no ser capaz de resistirme si volvía a tocarme.

-          Preciosa… vas a tener que buscarme tú.

Y así se apartó de mí; volvió a colocarse el casco y montando con agilidad en su moto desapareció de mi vista. Entre los dedos temblaba la tarjeta, negra con letras plateadas, que no quise ni leer.

Y allí lo tenía ahora.

Mi mente no dejaba que lo ignorara. Lo sentía detrás de mí, envarado, con la bata abierta, esperando mis carnes acopladas a las suyas. No decía nada, y eso me ponía aún más nerviosa. En el bar no había dejado de hablarme, envolviéndolo todo. Aquí, mi diablo imaginario se relamía los labios pensando en qué se llevaría primero a la boca. Y yo tenía tantas ideas para ofrecerle como él necesidad imperiosa de devorarme.

Al fin iba a ser cazada.

Lo sentí agarrarme el culo cuando iba a poner al fuego el foie. Las llamas del fogón bailaron en mi rostro mientras me sujetaba de los cabellos para inclinarme sobre la encimera, exponiendo aún más el brillo de mi entrepierna, cálida y necesitada. Su mano resbaló con posesión por la espalda, presionándome contra la madera. La otra mano me separó las nalgas, y yo cerré los puños sabiendo que iba a ser follada.

La polla me empotró contra el mueble con fuerza, y me hizo gemir como llevaba días deseando. Se quedó incrustada hasta el fondo, mientras su pelvis se frotaba contra mis nalgas, y su mano me impedía elevar la espalda para poder mirarlo.

-          Esto lo podías haber tenido hace días…

Y, ciertamente, lo llevaba necesitando tanto tiempo que no me importó que el bandido me estuviera follando en la mente, porque para mí era tan real como la cocina contra la que me tenía ofrecida.

Se retiró lentamente para empezar a empujar contra mi culo sin darme tregua, tan rápido que los jadeos no me permitían recuperar el aire que se me escapaba. Tenía la polla dura, gruesa e incansable. Se la estaba empapando con cada embestida, y la visualicé brillante cada vez que salía de mi coño. Imaginé mis pliegues separándose para acogerla, envolviendo su verga y dejándose quemar por la rapidez con la que se movía dentro de mí. Lo sentí enterrarse una y otra vez, gemir satisfecho por tenerme al fin ofrecida, complacido por haberme convertido en su putita.

Me cogió las manos y las sujetó a mi espalda, cruzándolas para dominarme con una sola mano. La otra la introdujo en mi boca, para que succionara sus dedos un momento antes de bajar a esconderlos en mi entrepierna.

-          No tientes al demonio… Conmigo no se juega, preciosa.

Yo jadeé mientras usó mi cuerpo de espaldas, o mientras me hizo cabalgarlo, sentado en la silla, con mis pezones metidos en la boca y sus manos moviendo mis nalgas sobre su pelvis. Dejé que me tumbara sobre la mesa, separara mis piernas y me follara encajando sus caderas tan fuerte que a veces sentí que me rompería por dentro. Dejé que me aferrara de los cabellos y me usara la boca, obligándome a abrirla para recibir su polla perversa hasta casi atragantarme, de rodillas frente a sus piernas, con mis manos extendidas en su vientre, queriendo marcarlo con las uñas.

Lo sentí de mil formas, y en cada una de ellas disfruté de lo que me había privado el viernes.

Y me corrí tantas veces que perdí la cuenta, mientras las llamas del fogón seguían bailando, y me masturbaba con la presencia de mi demonio introduciendo lengua, verga y dedos por donde quiso hacerlo. Le rendí mi cuerpo dolorido y lo usó para su disfrute, y sobre todo el mío.

Aunque eché en falta su semen esparcido sobre la piel que había golpeado con su miembro erecto.

Estaba desmadejada sobre la mesa, con las piernas abiertas y los dedos mojados tapando la entrepierna, cuando recobré cierta conciencia sobre donde estaba, y lo que había estado haciendo. Mi diablo se masturbaba lentamente junto al fuego, con la polla más tiesa que hubiera imaginado en la vida. Disfrutaba de mi imagen rendida en la mesa, abandonada al placer de la carne, para darse placer con cada movimiento de su mano. Me seguía deseando, y yo a él.

No podía ser que no estuviera saciada…

Cogí en un impulso la tarjeta de dentro del bolso, y pasando a su lado llegué a la encimera. Allí, junto con la copa de vino que no había llegado a probar, estaba mi teléfono móvil. Lo miré con miedo, pensando que los número podían marcarse solos tras aquella vorágine sexual, pero la pantalla no se iluminó al acercarme. Miré las llamas, y pensé que al final lo de tratar de impedir que se quemara la casa no había tenido el resultado que esperaba.

Arrojé la tarjeta al fuego, y la vi arder mientras en el rostro del truhán se dibujaba una mueca de asombro. Y mientras se consumía el papel su impronta se desdibujó en el aire, y su mano dejó de moverse sobre su polla envarada. Perdí de vista sus dedos, sus ojos y su boca, y me quedó el olor a papel calcinado, junto con las volutas de humo subiendo desde el fogón, esperando que dejara de fantasear y me centrara en la cena.

No hay que permitirle al diablo que te tiente. Sin tarjeta… no sería yo la que diera el siguiente paso.

El foie me quedó, al final, bastante bueno. Habría deseado chuparlo de sus dedos, pero colocado sobre una rebanada de pan recién tostado me hizo olvidarme, por un momento, de lo que dolía la vulva después de haberme restregado contra todas las superficies duras que encontré en la cocina.

No era bueno dejarse tentar… era cierto.


Pero estaba deseando volver a encontrarme con el diablo en el bar de la otra noche. Pero todavía era martes…






¿Todavía no me has llevado a tu cama? Estoy deseando ensuciarte las sábanas...

UNA MANCHA EN LA CAMA

http://www.amazon.es/Una-Mancha-Cama-Magela-Gracia-ebook/dp/B00OOG6JWO/ref=sr_1_66?s=books&ie=UTF8&qid=1414088971&sr=1-66


Twitter: @MagelaGracia
Facebook: Magela Gracia
Instagram: magela_gracia





jueves, 9 de octubre de 2014

Urgencias

Demasiado excitante para pedirle que parara… aunque sabía que debía hacerlo.

Sentada a los pies de la camilla, con las piernas colgando por la altura, trataba de contener la respiración. Y él, con voz aterciopelada y exigente, me pedía que me relajara y respirara.

-          Cierra los ojos y respira-, me decía, mientras su mano presionaba un punto concreto en mi cuello, dando masajes circulares con un par de dedos. Su otra mano me sostenía la espalda, y evitaba que pudiera alejarme de su contacto.

No había nada en ese momento que pudiera hacer que le retirara la mano.

Sentía su aliento dulce al lado de mi rostro, donde había colocado la cabeza para tratar de controlar la respuesta de mi cuerpo a su maniobra. Y no sé si le gustaba o no como iba resultando la cosa, pero no dejaba de presionarme la espalda, dominante, atrayendo mi cuerpo hasta el borde de la camilla.

Contaba mis respiraciones, o mi pulso, o simplemente me observaba elevar el pecho y tensar la blusa bajo los senos. No me atrevía a mirarlo para averiguar la verdad, porque probablemente si giraba la cabeza sus labios y los míos quedarían tan cerca que sería inútil tratar de reprimir el beso que nos estábamos negando.

-          Respira hondo, y siente mis dedos.

No podía sentir otra cosa en ese momento. Si había llegado a la consulta, a esas horas de la madrugada, era porque no conseguía respirar bien. Disnea, según me dijo el médico tras una primera evaluación. Me había hecho unas cuantas pruebas, entre las que se encontraba auscultarme el tórax mientras yo trataba de controlar mis emociones. Desabrochar los botones de la blusa para dejar expuesta la piel que necesitaba para sus propósitos fue demasiado erótico para que no se hubieran puesto duros los pezones, y no precisamente por el frío.

Hacía, por el contrario, demasiado calor en esa consulta.

Los ojos del médico habían luchado por no bajar hasta los pechos, pero no había podido evitarlo. Un par de vistazos rápidos mientras cambiaba de sitio la campana del fonendoscopio hizo que lo que era evidente para él lo fuera también para mí. Su pantalón se abultó mientras una de sus manos rozaba como por casualidad uno de los pezones, y ambos nos miramos como sorprendidos por el contacto.

Fue la primera vez que tuve que reprimir el impulso de abrir la boca y dejarme saborear por sus labios.

Cuando pasó a auscultarme la espalda, la mano libre la colocó en la parte alta de mi pecho, justo sobre los senos. Nunca una mano me había calentado tanto la piel. Simplemente, dejé de respirar. Mis ojos no podían apartarse del hechizante espectáculo de su mano, sosteniendo mi cuerpo, mientras comprobaba lo acelerado que iba mi corazón en aquellos momentos. Cada suave toque del aparato sobre la piel de mi espalda conseguía que la arqueara, sorprendida de la sensibilidad que había llegado a desarrollar en un momento bajo su tacto. Y cada vez que mi espalda se arqueaba, su palma sobre mi pecho presionaba un poco más, reteniendo mis movimientos.

No pude impedir que la imagen de sus manos aferrando mis hombros invadiera mi mente.

Lo imaginé depositando sus labios en el ángulo de mi cuello, donde empieza a llamarse de otro modo. Un beso húmedo, con la lengua presta a probar el sabor de mi piel temblorosa. Lo imaginé deslizando la lengua subiendo por el cuello hasta llegar a la parte posterior de la oreja, y detenerse allí, para besar el lóbulo, diligente y tierno. E imaginé su mano bajar hasta cubrir por completo mi pecho, tomándose la licencia de pellizcar el pezón, dejándome sin aire, mientras empezaba a susurrar al oído las primeras palabras subidas de tono.

-          Tengo ganas de follarte.

A esas alturas, mi imaginación había conseguido que estuviera completamente mojada. El médico continuaba buscando signos en mi pecho, y yo trataba de no mirarlo demasiado, convencida de que si lo hacía acabaría separando las piernas para que el resto de la inspección la hiciera entre ellas.

Pero la escena que me había hecho ruborizar era, sin duda, la de sus manos aferrando mis hombros, conmigo acostada sobre la camilla, sin ropa entre ambos que estorbara, con su cuerpo introducido entre mis muslos, y su espalda arqueándose en esa primera embestida, lenta y profunda, que le hiciera necesitar aferrarse a mis hombros para permanecer bien dentro de mí.

Y su gemido…

Una voz profunda y ronca, dejando escapar el aire de forma lenta y pausada, a medida que su polla se abría paso en mi interior, llenando el vacío húmedo y cálido que había despertado con su tacto.

Estaba demasiado excitada para que no se me notara.

Y él también lo estaba.

Cuando terminó la auscultación se apartó mínimamente de mí, sin retirar la mano del pecho. Creí haberle escuchado que necesitaba disminuir las pulsaciones de mi corazón, pero las palabras que fue pronunciando se me escapaban de la cabeza mientras ésta se llenaba de las escenas que segundos antes me habían asaltado. Veía sus labios moverse, pero no le prestaba atención. Mis ojos andaban perdidos en su lengua húmeda, que asomaba pícaramente con sus sonrisas, embaucándome.

Me tenía completamente rendida. Podía estar pidiéndome permiso para follarme en aquel mismo momento, y no me habría enterado. Podría estar diciendo que iba a ponerme de pie, a inclinarme sobre la camilla para admirar mi tentador trasero, para luego desnudarme lentamente, dejando caer la falda al suelo, y admirar mis braguitas. Podía estar comentándome que iba a rozar mi vulva para ver si tenía el coñito húmedo, para luego apartar la tela lentamente dejando expuesta la zona que deseaba torturar con su polla. Podía estar contándome que se iba a desatar el lazo del pantalón de su uniforme para abrir la bragueta y sacar su miembro henchido, aferrarlo con una mano para dejarlo justo a la entrada de mi coño, y mientras me sujetaba firmemente por las caderas iba a presionar hasta hacerme sentir toda su virilidad dentro, sin espacio para nada más…

Podía estar pidiéndome que gimiera mientras me follaba, y no me estaría enterando.

Cuando de pronto hizo el gesto para que empezara a abrocharme los botones de la blusa, caí en la cuenta de que no sabía qué había pasado. Mientras mis dedos intentaban hacer lo que él me indicaba intenté concentrarme en saber si me había dado un diagnóstico o si debía seguir observando mi cuerpo durante un rato más. Cuando levanté la vista lo encontré con la mirada perdida en el hueco de mi escote, y me temblaron las piernas.

No abroché el botón que estima la línea del decoro…

Ni el de abajo tampoco.

El médico me observó el rostro, tratando de buscar algún signo que le dijera que se estaba imaginando que lo deseaba, y supongo que no encontró ninguno. Tomó mis manos, que había dejado apoyadas sobre los muslos, y las colocó a ambos lados de mi cuerpo, en la camilla. Dos de sus dedos subieron lentamente hasta mi barbilla, y sin apartar los ojos de los míos tocó mi piel en ese pinto. Los deslizó hasta la garganta, y bajó hasta ese punto donde el sudor se deposita cuando el sexo es violento, y los cuerpos chocan entre jadeos entrecortados con las embestidas de una polla decidida.

Allí, en ese punto, enterró los dedos.

Fue como si los hubiera metido en lo más profundo de mi entrepierna. Así lo sentí, y así se arqueó mi espalda, nuevamente, como si lo hiciera.

Y allí andaba yo, con los ojos cerrados, y sus dedos presionando un punto que se suponía que iba a hacer que me relajara y respirara mejor, y mi corazón se enlenteciera, cuando lo que yo quería era respirar de forma entrecortada por el sexo sin sentido con el médico que a las tres de la madrugada me había recibido medio empalmado y somnoliento en la puerta del centro de salud.

Quería mi corazón desbocado, mientras me follaba sobre la mesa de la consulta, con mis cabellos entre sus dedos, y mis piernas separadas para recibir sus envites una y otra vez, hasta que el mueble chocara con la pared y ya sólo mi cuerpo fuera el que se moviera con su follar salvaje e indecente.

-          ¿No te encuentras mejor?- me preguntó, tan cerca de mi rostro que sentí las palabras acariciarme la piel, como un beso.

Todo lo que fui capaz de expresar fue una negativa con un gesto de la cabeza, sin atreverme a decir que iba mejor, por si acaso retiraba los dedos de mi piel, o su mano de mi espalda.

-          ¿En serio?- preguntó, pícaramente, acercando su cuerpo un punto más al mío.

Llegando a rozarme con su pelvis la cadera colocada en precario equilibrio.

Su polla me quemó a través de su ropa y la mía, y lo sentí duro como sabía y rogaba que estuviera. Tanteó con su cuerpo a ver si ofrecía resistencia, y al no obtener negativa tomó valentía y comenzó a frotarse contra mi cadera, lentamente, arriba y abajo, mientras sus dedos continuaban ejerciendo su magia bajo mi garganta. No recuerdo en qué momento su mano en mi espalda aferró mis cabellos, tirando de ellos para que mi cabeza fuera hacia atrás y expusiera la piel que deseaba. Sé que acto seguido retiró sus dedos y su boca fue a suplir la ausencia de ellos, lamiendo con lengua experta la zona que de forma tan poco decente había calentado con los dedos.

Tampoco recuerdo el momento en el que empecé a jadear sin remedio, escuchándolo a él hacerlo, mientras continuaba con su lento movimiento de pelvis contra mi cuerpo. Desde abajo, como si con la polla quisiera recorrerme el muslo, la cadera y la cintura, se disponía una y otra vez a frotarse. Y lo hacía como si me follara, profundizando, oprimiendo mi cuerpo contra el suyo, sin dejar espacio entre ambos. No era un roce sutil, me follaba contra la piel, aunque hubiera ropa.

Por supuesto, tampoco recuerdo el momento en el que su mano bajo a separarme las piernas.

Los dedos se metieron en medio de mis muslos, y me obligaron a moverlos para ofrecerle la parte de mi cuerpo que deseaba. Y yo, que lo deseaba más todavía, dejé que arrastrara mi muslo sobre la camilla para que la falda se hundiera entre ellos. La levantó y la sujetó para exponer a su vista mis bragas, y allí encontró la mancha de humedad que tanta vergüenza me daba mostrarle. Con los nudillos pasó los dedos sobre la zona donde supuso que merecía más atenciones, y mi clítoris se hinchó al instante. La espalda volvió a arquearse, pero controló mi cuerpo con la mano aferrada a mis cabellos, y sus dientes clavándose en mi cuello.

Sin embargo, recuerdo perfectamente en momento en el que apartó la tela de mi entrepierna, y aferró el clítoris con dos dedos expertos, buscando mi respuesta. Gemí al techo, mientras mis muslos se estremecían. Las manos se me cerraron en puño a ambos lados de mi cuerpo, mientras su polla continuaba frotándose contra mi costado, cada vez más mojada. Y sus dedos, simplemente, se perdieron entre mis pliegues, jugando con ellos, pellizcando, acariciando y palmeando la zona completamente encharcada.

-          Delicioso…

No sé si sentía más sus dedos o su polla, o su lengua recorrer la zona intermedia de mis pechos, para ir a buscar luego un pezón que apresar dentro de la boca. Me chupó ambos como si lo necesitara para vivir, mientras sus nalgas continuaban con su bamboleo contra mí, y sus dedos me torturaban, a punto de arrancarme un orgasmo.

Y cuando estaba a punto de correrme, ya sin remedio, empezó a follarme con los dedos. Los sentí rudos, infinitos y enormes dentro de mi coño, y los envolví con la fuerza que dan los espasmos justo cuando estás a punto de explotar, gritando. Los metió y sacó como si fuera su polla la que me follaba, con apremio y dureza, chocando con el fondo como no lo había hecho nunca una verga. Cuando mis gemidos se elevaron me clavó los dedos tan hondo que podía haber incluso dolido, pero su boca fue a tapar la mía para respirar el aire que necesitaba descargar con el orgasmo. Su mano liberó mis cabellos, y sujetándome por la cintura se frotó contra la cadera de forma violenta, sintiéndolo gemir también en mi boca, mientras le llegaba a él el orgasmo y sentía mojarse la tela de su ropa y la mía con el último empujón.

Tampoco recuerdo el momento en el que sacó los dedos, y se apartó un poco de mi lado.

Lo que sí recuerdo es que al poco tiempo de correrme respiraba bien, no sentía presión en el pecho, y la taquicardia había desaparecido.


Tendría que preguntarle si atendía por consulta privada…



@MagelaGracia
Fb: Magela Gracia
Instagram: magela_gracia 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Polla hermana, polla mamada ( y IV )

Un maldito, horrible y jodido viernes.

No, perdón… Ya era sábado. Cosas del no dormir.

La idea de un whisky ahora me tenía consumida. Era una necesidad apremiante echarme algo ardiente a la garganta, quemarme la lengua con el líquido, perder la cabeza por unos momentos bajo los efectos del alcohol. Emborracharme, dormir. Porque sabía que si no bebía pasaría la noche recordando las imágenes que me habían regalado entre ambos, Víctor y Verónica. Y masturbándome, eso también.

Mis bragas…

Las últimas bragas que me había comprado mi madre. Una de las primeras que ya parecían de mujer, con algo de encaje y sin animalitos dibujados en la tela. Algodón blanco, normales y sencillas; pero no aniñadas, como hasta ahora las había usado.  Estaba muy orgullosa de esas braguitas, y me encantaba que mi hermano las hubiera escogido.

¿Pero, cuándo? No recordaba haber echado en falta nunca ropa interior. ¿Por qué ahora? ¿Lo había hecho en otras ocasiones, o había sido consecuencia su hurto y luego uso más que obsceno por verme masturbar esa misma mañana en su cama?  La cabeza me daba vueltas, y el coño me ardía con rabia. No entendía lo que sentía, las emociones se entremezclaban en mi cuerpo sin poder digerirlas, y no iba a decir que fuera solo en mi cerebro o en mi entrepierna donde sentía puntadas. Mi pecho, por nombrar uno, también  era un lugar que sentía muy vivo ahora.

Una copa, de lo que fuera… Necesitaba una copa.

Al dirigirme al mueble bar en el salón pasé por delante de la horrible espejo que mi madre tenía en el pasillo, y no pude remediar el impulso de observarme. Sin el pantalón de franela ni la braga, con la camiseta de manga corta roja que me llegaba al inicio de las caderas, muy estrechas. Casi una niña, todavía. Con pelo en el coño, pero sin la imagen voluptuosa de mis compañeras reflejada ahora en el espejo. Una talla infantil… Mi madre me consolaba con la frase de ya te llegará la hora. Pero esa hora no llegaba, y me parecía eterno el tiempo.

Abrí el mueble bar, y no encontré whisky. No podía creerlo… En su lugar, varias botellas de ginebra llenaban un pequeño espacio, compartido con varias de vino, ron y vermut. Ginebra… ¿Cómo coño se bebía la ginebra?

Y me di cuenta de que me daba igual, que mientras más me quemara la boca, tanto mejor. Así que con un vaso de un estante lleno hasta la mitad me senté en el sofá y me decidí a tener mi primera relación directa con el alcohol. Quise hacerlo como en las películas que había visto en la tele, de un tirón, pero el fuerte olor me impidió acercarme tan rápido el cristal a la boca. Así que entró despacio y a poquitos en ella, sorbiendo lentamente, disgustada por el sabor. Sabía que las muecas de mi rostro tenían que ser de chiste, pero estaba dispuesta a hacer desaparecer mis penurias con aquel líquido que me inflamaba la lengua, y me la dejaba áspera y seca. Y sin darme casi cuenta había vaciado el vaso.
Ahora me ardía, además del coño, la boca. Necesitaba alivio, y pronto.

Me llevé la mano a la entrepierna, mientras con la otra libre me volvía a servir otro tanganazo de ginebra. Mis labios menores estaban mojados por completo, y los mayores calientes, y como sentía, abultados. Dejé la botella a un lado, y aunque sabía que si volvía a llenarme el vaso sería ya para dormir la mona, no la alejé demasiado. Estaba deseosa de perder el sentido, para no seguir sintiendo la desesperación tan agobiante que tenía preso mi cuerpo, y mi cerebro. Desconectar, una opción tan válida como cualquier otra. Pero antes… quería correrme.

En la tele no había nada interesante a esa hora… y por interesante me refería a pornográfico, claro. Mensajes de esos para que llames y te descargues escenas en el móvil, pero los había visto tantas veces que ya no me ponía nada observar dos caras conocidas diciéndose siempre las mismas guarradas. Tal vez un día tuviera que pagar el precio del mensaje para tener una cosa así en el móvil… para emergencias.

Y me di cuenta que podía reenviarme el correo de mi hermano, con su video, al mío y luego borrar todas las huellas. No sabía si era buena idea hacerlo, pero siempre me quedaba después la opción de borrarlo, y tal vez mañana ya no estuviera donde lo había encontrado. No podía perder la ocasión, y me fui directa al dormitorio de Víctor, y me senté con la botella de ginebra y el vaso casi vacío en su silla de escritorio. Mi cepillo también seguía en su mesa. ¡Qué descuido, joder! Podía escuchar la voz de la tipa en la tele incitando a la gente a bajarse los videos más calientes para el móvil, pero no le hacía caso. El ordenador volvió a arrancar mientras me terminaba el alcohol del vaso, y directamente pensaba en llevarme el cuello de la botella a la boca. Miraba el reborde de cristal y me imaginaba pasando la lengua en círculos. Mientras abría el correo me levanté, aparté la silla e incliné la cabeza sobre la botella, colocándola en el estante inferior del teclado para acceder con más comodidad. Al mismo tiempo separé las piernas y me llevé el mango del cepillo entre mis pliegues, mojándolo… preparándolo para penetrarme con él mientras mamaba la botella y me torturaba el clítoris con la yema de los dedos. Me excitó verme así, inclinada, como si dos tíos me tuvieran ocupada. La verga de mi hermano en la boca, la de cualquier otro a punto de perforarme el coño.

El cepillo entró con facilidad de lo mojada que estaba. Era estrecho y pequeño, y en principio, aunque no sabía lo que se sentía tampoco con una verga de verdad ensartada, lo que sí me alivió fue poder presionar la musculatura y sentir que se cerraba sobre algo que no fuera un vacío horrible. Esa sensación me hizo sentirme plena, aun por el tamaño. Lo sujeté con la vagina, fuertemente, mientras con la mano lo introducía y lo liberaba, haciendo tope cada vez contra el fondo. Puse en marcha el vídeo nuevamente, casi de forma automática; quería escuchar otra vez los gemidos de mi hermano. Mis labios rodearon la botella y me la metí lo más que pude en la boca, y la recorrí como una guarra imaginando que no era frío cristal lo que chupaba. Mis dedos, tras darle al botón de inicio en el ratón, habían vuelto a mi clítoris y me empecé a tocar con obscena dedicación. Quería correrme, me sentía borracha, estaba loca por acabar desmadejada envuelta en las sábanas de mi cama hasta el mediodía de la mañana siguiente.

Mi lengua jugando con  la botella… era lo que más gusto me daba; imaginarla una polla.

Fui incrementando el movimiento de mis manos mientras sentía que mi excitación aumentaba. Tuve la necesidad de apartar la que sujetaba el cepillo y hacerlo desde atrás para no estorbarme, y lo que hice fue simplemente fijarlo al fondo y presionar duro, no dejándolo escapar. Mis dedos se equivocaban constantemente en mi coño, por lo mojada que estaba y por la borrachera que llevaba, además que intentaba abarcar demasiadas cosas a la vez, intentando también mirar el video de la mamada a mi hermano y no podía con todo, tenía que reconocerlo. Sabía que estaba siendo la cagada más grande para masturbarme, pero no podía remediarlo, necesitaba mis agujeros ocupados…
Y, en eso… mientras gemía contra la botella solo por el placer de escucharme gemir, vi posicionarse los pantalones vaqueros de mi hermano a mi lado.

-        -   Bea… tenemos que hablar.

Sentí caerse el cepillo al suelo antes que vergüenza… Eso llegó inmediatamente después.

-        -  Víctor… ¡Joder, no me digas nada!

Mi hermano se arrodilló y recogió el cepillo de entre mis piernas. No puedo saber si lo hizo para mirarme el culo y el coño abierto de cerca, ya que en cuando noté su presencia había cerrado los ojos inmediatamente tras apartar la boca de la botella. Quería ponerme tiesa, pero la cabeza me daba vueltas y no podía dejar de imaginarme que, al menos, en esa postura, si Víctor quería, podía hacerme suya sin el más leve inconveniente.

La mano de mi hermano dejó al lado del ratón el cepillo, y cerró el vídeo de su mamada a continuación. Lo oí suspirar y reclinarse a mi lado, apoyando las manos también en la mesa, como yo lo hacía ahora. Entreabrí los ojos para mirarlo a la cara. Estaba encendido, no sé si de vergüenza también o tal vez excitado.

-       -   ¿Por qué has venido hoy tan pronto? Nuca llegas hasta la mañana…- Hablaba la rabia borracha que me estrangulaba por dentro, al haber sido descubierta en tan deslucida escena.

-       -   Joder, Bea… Subí a por condones. Los colegas están esperando abajo. Tenemos a varias tías en el coche. Nos íbamos a un motel a follar-. Las últimas palabras sonaron amargas en sus labios, con un enorme pesar-. Y esto no debería estar contándotelo, ¡mierda! Eres menor, Bea… 
Tragué saliva. Peor no podían ir las cosas.

-       -   Pero no tonta… Además, no te olvides que soy tu hermana. No me llames menor, ese es el mejor de mis defectos ahora…

Otro suspiro. Víctor miraba a la mesa, como si en ella buscara respuestas. Yo me envalentoné y lo miré bien a la cara, cuando él no me miraba. El alcohol es lo que tiene, ayuda a hacer cierto tipo de cosas. Supongo que mis palabras no salían ni mucho menos de mi boca como yo quería articularlas, pero Víctor no se quejaba… Pensé en acercar mi rostro al suyo, a ver qué pasaba… pero no lo hice.

-        -  ¿Por qué mis bragas?

La espalda se le puso tiesa. Entonces entendió que no era la primera vez que veía el vídeo, y al mirarme él a mí nos vimos como me parece que no nos habíamos imaginado nunca… como dos cómplices de un oscuro secreto. Ahora no era yo solo la que sentía vergüenza, sin duda…

-        -   Me pusiste malo esta mañana, aunque sé que no es excusa.

Hablaba ahora de frente, y aunque yo apestaba a alcohol pude percibir que también él había bebido algo. No sabría decir si estaba borracho, pero por supuesto que muy lúcido no estaba.
Echó mano a su pantalón vaquero y sacó mis bragas de su bolsillo. Me las enseñó brevemente, y casi creí que se las llevaría bajo la nariz para olerlas por la cara que ponía. Pero no, las encerró en su puño y volvió a mirar hacia la mesa.

-       -   No debí cogerlas… eres mi hermana.- Sus palabras eran losas sobre mi cabeza.

-        -  No debí masturbarme en tu cama… eres mi hermano.- Contesté entonces, abatida.

Apretaba mis bragas con fuerza, los nudillos blancos haciendo juego con la tela. Su cara, roja.

-        -  ¿Desde cuándo, Bea? No me había dado cuenta.

-     - No hace mucho, no te creas. Cosas de la vida-, solté, como resignada al surgir de los acontecimientos-. Me harté de mirar pollas en el instituto que ni puto caso me hacían. Al menos, la tuya, la tengo cerca.

-        -  ¿Ninguna polla?- rió por lo bajo-.Quiero decir, ¿ningún chico?

Entonces reí yo.

-       -   Ninguno.

Pude ver que mi hermano me miraba el trasero de soslayo. No sé si lo hizo para hacerme sentir mejor o es que realmente mi culo en pompa le llamaba. Lo cierto es que volvieron las ganas de tirármelo, teniéndolo tan cerca como ahora lo tenía. Yo le correspondí echando un vistazo a su bragueta, que aunque me la medio ocultaba su muslo me decía que algo hinchada debía estar. Víctor se dio cuenta del interés que me despertaba y casi que lo vi recolocarse para que pudiera observarla mejor, o al menos eso imaginé.

-        -  Joder, Bea. Esto está mal…

Y se apartó de mí y se sentó en su cama, con la cabeza entre las manos. Se le veía empalmado, si… Ahora podía ver su pantalón vaquero hinchado. Me estremecí al observar que aun sujetaba mis bragas, y las tenía contra la cara. Me enderecé, no sin cierta dificultad, y quedé parada frente a la mesa, deseando quitarme la camiseta y ofrecerme desnuda a Víctor en su cama. Pero algo me decía que no debía ser yo la que diera el primer paso, que se espantaría. De ese modo, excitada y borracha, con la imagen de su polla en la cabeza y mis ojos fijos en mis bragas, cogí la botella de ginebra y se la enseñé.

-       -   Me emborraché para mamártela, Víctor-, me escuché decir, antes de pegar la boca al cuello de la botella y echarme un trago. No supe hacerlo, y el líquido rebosó por mis labios y me empapó la camiseta. Al menos conseguí no toser al tragar la ginebra que abrasó mi lengua. Un enorme trago que volvió a calentarme el cuerpo.

-        -   Hablo demasiado…

-       -   Te he escuchado con tu grupo. Y la del video estaba también borracha. Así es más fácil, ¿no? ¿Te gusto más bebida? Así al menos tengo una excusa para lanzarme…

Apartó las manos y me miró de frente, pero pronto desvió la mirada hacia mi entrepierna. Se me calentó la cara al verlo observarme con cara de lelo, se me mojó por entero el coño y temí que fuera hasta a chorrear de lo contenta que me había puesto al ver su reacción. Me sentí por un instante poderosa, dueña de mi misma y de la polla de mi hermano. Me acerqué ahora despacio, mientras me miraba. Se irguió sin dejar de clavarme los ojos, y lo mejor de todo es que no intentó huir. Se dejó seducir, y eso que yo no sabía hacerlo.

Lo estaba consiguiendo…

Llegué a su lado. Me metí entre sus piernas y esperé. Su cara quedaba a la altura de mi ombligo, y allí apoyó la frente. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, si me miraba o intentaba no hacerlo. Me daba igual… había ganado.

Sus manos se aposentaron en mis nalgas y me atrajeron hacia su cuerpo. Mis rodillas se incrustaron contra su entrepierna, y lo sentí duro y tieso. Su polla… la mía. Sentía las yemas de los dedos de mi hermano quemarme el culo, clavarse fuerte, temblar al hacerlo. Gimió cuando no pudo acercarme más a su cuerpo. Mis rodillas disfrutaron del primer contacto con su miembro endurecido, ése que de momento me deseaba, esa polla cálida que siempre me había sido esquiva y ahora se apretaba contra mis piernas.  Y mordió la tela que cubría mi abdomen. Tiró con los dientes y separó la cabeza. Fue incorporándose con la camiseta prendida de la boca, arrastrándola hacia arriba en su avance. Cuando me quise dar cuenta, entre mis jadeos y los suyos, mis pechos estaban al descubierto y sus manos los estaban apresando. Temblé de gusto al sentir sus dedos apretar los pequeños pezones, sus labios y la lengua jugar con la piel que había entre ellos. Al no saber qué hacer con las manos las dejé en su cabeza, aferrando sus cabellos. Parece que le complació el gesto.

-        -   Esto es un error, y lo sabes…- murmuró contra mi piel.

-       -   Ya nos arrepentiremos mañana-, contesté, demasiado excitada como para no aprovechar la ocasión que se me había brindado en bandeja.

Víctor levantó los brazos y me sacó la camiseta por la cabeza. La arrojó a un lado de la cama mientras me sujetaba por la nuca y acercaba sus labios a los míos. Mi boca se entreabrió por la proximidad y su calor, y aunque no quería hacerlo los ojos se cerraron para disfrutarlo. Y sentí su lengua apresar la mía sin reservas, hambriento de lo que podía encontrar en ella. Sus labios se estamparon y me devoraron, y sus manos me estrujaron contra su cuerpo, impidiendo una posible huída. Ni ganas que tenía de moverme. Sabía que tenía excitado a mi hermano, por algún extraño motivo que no podía entender, ya que no era ni por asomo su imagen de chica deseada. Pero allí estaba, besándome y tocándome el culo, elevándome contra su pelvis y separándome las piernas al hacerlo, montándome sobre sus caderas cubiertas del vaquero para llevarme contra la pared a mi espalda y sujetarme mientras se abría la bragueta y lo sentía aferrar su verga. Mis sentidos enloquecieron al saberla al descubierto entre mis piernas, casi rozando la vulva que tantas veces había sufrido su ausencia.

-        -  Por favor,  Víctor. Quiero verla…

-        -  Luego, nena. Estoy loco por follarte.

Y me di cuenta de que me daba igual no ver la polla de mi hermano antes de que me penetrara, ya me encargaría de que se corriera en mi boca. Así quería que aquello acabara, con su miembro caliente derramándose contra mi paladar y la lengua, degustar el sabor de su leche, tragarme todo lo que pudiera.

La sentí entrar de una sola vez. En un momento estaba por completo ocupada, con mis labios rodeando su polla dura como una roca. Fue una embestida fuerte, que tropezó con el fondo de la vagina produciéndome un leve dolor al chocar en ese punto al final, pero apenas si le di importancia porque era tan excitante saberme recorrida por ese trozo de carne compacto contra la pared del cuarto de Víctor que no me importaba nada más. Ese primer empujón le resultó tremendamente fácil a mi hermano, que no se esperaba encontrarme tan mojada y dispuesta. Su rostro expresó que la sensación de embestirme de ese modo le había encantado, y me llené de júbilo al saber que era del agrado de su verga.

Víctor apenas si esperó a empezar a clavarme con su miembro. Estaba cachondo y se le notaba con cada movimiento, cada gemido y cada mordida de sus dientes sobre la piel que le quedaba al alcance. Me miraba a los labios, mientras yo los mordía retorcida de gusto, y su polla entraba y salía con un ritmo frenético a la vez que sus manos me aplastaban el culo contra sus caderas. Estaba a punto de correrme solo con el roce y el chocar de su pubis contra mi clítoris hinchado, y él parecía saberlo porque se restregaba dejando su polla lo más profundamente metida en mis entrañas. Se frotaba para mí, para que lo sintiera y lo disfrutara como una perrita.

-        -  Córrete, Bea. Quiero escucharte otra vez gemir mi nombre.

Como negarle algo al perverso Víctor…

Y con su polla metida hasta el fondo me sentí mojada como nunca, jadeando de gusto sin poder ocultar el rostro porque la cabeza de él me lo impedía. Quería verme, y me miraba fijamente mientras el orgasmo recorría mi coño y subía por la columna, acompañado de los espasmos propios del placer que solo una polla bien utilizada sabría arrancarle a mi alma… La polla de Víctor…

Jadeé su nombre y lo vi sonreír, complacido. Escuchaba sus gemidos confundirse con los míos y lo sentí volver a la carga contra mi coño caliente e hinchado, y aún con espasmos. Fue delicioso sentirlo entrar y salir otra vez de mí, empotrarme contra la pared, y sus manos subirme y bajarme contra su cuerpo. Mis piernas ya no podían aferrarse a sus caderas después de mi orgasmo, pero entre su cuerpo fuerte y la pared, y con sus manos sosteniéndome, sabía que caería.

Me encantó que me moviera él mismo sobre su polla, alzando y bajando mi cuerpo como si no sintiera mi peso.

-        -  Joder, Bea. Me corro.

Me miró a los ojos y comprendió que allí no podía. Ni siquiera se había puesto un puto preservativo.

-        -  En la boca la quieres, ¿verdad?

-        -  Déjame probarla, Víctor.

Un par de golpes más contra la pared y me llevó otra vez en volandas hasta la cama. Allí me sentó y se abrió por completo el pantalón, bajándolo hasta las rodillas, dejándome observar la imponente verga que se le levantaba entre las piernas. Sus huevos colgaban junto al final de su tronco pegados mucho a él, y no podía precisar si eran grandes o pequeños ya que eran los únicos que había visto. Para mí, eran perfectos. Pero su polla vista de cerca… eso sí que me dejó sin aliento. Montada hacia la derecha, brillante por mi corrida, tiesa como nunca imaginé… Larga y gruesa, me importaba un carajo si más o menos que otras. Esa polla magnífica me acababa de follar a base de bien, y ahora iba a degustarla.

-       - Yo lo hago, Bea, déjame a mí. Solo chupa-, dijo, casi ronco. Me miraba a la boca, nunca había dejado de mirarla. Presentí que mis labios tenían que gustarle mucho.- Y no voy a apartarla… quiero terminar en ti…

Me ardió todo el cuerpo. Era eso precisamente lo que quería, y era lo que estaba prometiendo darme.

Pensé que me follaría la boca como se lo había visto hacer con Verónica. Pero no era esa su intención, al parecer, ya que su ritmo era mucho más pausado. Me tomó por la barbilla y esperó a que separara los labios. Me invitó a sujetarla yo, y así lo hice. La tomé por la base y respiré ansiosa sobre su capullo, justo antes de que me sujetara por la parte de atrás de la cabeza, aferrando mis cabellos y de un movimiento constante de la cadera me la metiera hasta sentirla chocar contra el paladar. Se quedó un buen trozo fuera, pero él no insistió en hacerla entrar más; parecía satisfecho. Esperó allí a que me acostumbrara al tamaño, y a que mi lengua tomara contacto con ella. Así lo hice… probando mi sabor en la piel caliente de mi hermano. La textura me sorprendió, ya que era mucho más suave de lo que pude haber imaginado nunca, y contrastaba tremendamente con lo dura que la sentía. Tragué varias veces para acomodarla y la ensalivé todo lo que pude, escuchando a cambio el deleite en la boca de Víctor, que jadeaba sin dejar de mirarme a los ojos. Yo intenté no apartar tampoco la vista y me centré en jugar con ese trozo de carne mientras sus caderas no se apartaban de la presión que ejercía contra mi cabeza.

-        -  Sí, nena… chupa la punta.

Obedecí, gimiendo yo ahora. Deslicé la cabeza hacia atrás y aferré el capullo con los labios, y allí dediqué mis atenciones durante el tiempo más bien escaso que me permitió mi hermano. En el momento en que algo de líquido se escapó por la uretra volvió a sujetarme de los pelos y la introdujo otra vez fuertemente, haciendo su cabeza hacia atrás y gimiéndole al techo. Bombeó de forma constante e incansable, sabía que conteniéndose por lo que había visto antes. Me imaginé que pensó que vomitaría todo el alcohol que había bebido y no estaba seguro de que resistiera una mamada a fondo como primera experiencia. Me quedé con las ganas de saber si la abría conseguido tragar entera.

Estaba dedicada a disfrutar como una guarra de ese trozo de carne como si fuera la última vez, y así lo hice. Chupé y lamí todo lo que pude y me dejó mi hermano, aferré sus huevos y el tronco con mis manos y lo miré mientras me follaba la boca con total entrega. Me sentía enormemente caliente, convencida de que podía hacer correr a Víctor por los sonidos que salían de su garganta.

-        -  Sí, Bea, sí… me corro, joder… Me corro, guarra…

Se me desbocó el corazón mientras Víctor se volvía más salvaje, menos dueño de sí mismo. En un par de ocasiones la polla entró mucho más de lo que pensé que aguantaría, pero controlé las arcadas y seguí chupando, tratando de no cerrar demasiado la boca para no rozar con mis dientes su enorme falo… aunque la tarea, me di cuenta, la tenía perdida hacía tiempo.

Víctor gimió y se empotró  contra la lengua. Supongo que lo hizo para evitarme otra arcada, y allí lo sentí descargar un buen chorro de esperma, líquido espeso y de sabor metálico que me cubrió la boca por entero. Caliente, suave y grumoso. Deliciosa la leche de Víctor mezclándose con mi saliva.

Conseguí tragarla, dejando sólo resbalar un par de gotas por mi barbilla, ya que los labios, en cuanto la polla de mi hermano desalojó mi boca, se quedaron adormilados por el roce de su piel y la mandíbula dolorida por el esfuerzo. Los dedos de Víctor recogieron las gotas y me las entregaron en la lengua, y yo los chupé, agradecida.

Jadeábamos todavía los dos mientras mi hermano volvía a vestirse y se echaba al bolsillo unos cuantos condones. El muy cabrón tenía intención de irse al coche a follar con las tías en el motel, con sus amigos. También vi que cogía mis bragas y se las guardaba en el segundo cajón de su mesilla de noche.

-        -  Quiero las bragas, Víctor… Son mías…

Mi hermano, que ya salía por la puerta del dormitorio habiéndome sólo picado un ojo a modo de despedida, con la cara colorada y la frente perlada de sudor, se volvió y me sonrió de forma encantadora.


-       -  No, Bea, no te equivoques. Esas son mías. Pero si quieres… mañana me corro en unas iguales, para ti.


@MagelaGracia

Magela Gracia en Facebook

lunes, 22 de septiembre de 2014

Polla hermana, polla observada ( III )

Si… un puto viernes.

Todavía no conseguía olvidar la cara de mi hermano Víctor cuando me pilló en su cama, con la mano dentro de las bragas y la cara pegada a la mancha que su polla había dejado aquella noche. Su cuerpo, parado bajo el dintel de la puerta, con una toalla a la cintura y el torso desnudo y algo mojado aún…

El cabello revuelto y los ojos abiertos como platos.

Juraría que también la mandíbula desencajada, pero no estoy segura. Enseguida había bajado la mirada, de pura vergüenza que sentía… hasta que llegué a su polla.

Un bulto que empezaba a dejarse notar bajo la toalla blanca. Entendía muy poco de erecciones, pero lo que si podía notar claramente es que aquello que le colgaba a mi hermano entre las piernas estaba tendente a aumentar de tamaño. Y lo estaba haciendo…

La verga de mi hermano se estaba endureciendo mientras me miraba allí, con las piernas separadas y la entrepierna expuesta, mi mano aferrada aún a mis carnes mojadas y la cara separada apenas dos dedos de sus sábanas. El olor de su polla aun me perforaba las fosas nasales, y mis dedos embadurnados en el flujo cremoso se habían quedado enterrados entre los labios menores, sin atreverse a moverse.

Esa enorme polla…

Sentí los ojos de Víctor llegarme desde los tobillos a las ingles, mientras un intenso calor me golpeaba las mejillas. Me quise morir, y dejé caer la frente contra el colchón para esconder la cara.

Pero la polla de Víctor no me dejaba…

-        -  ¿Has terminado?- preguntó, recuperando un poco la compostura. Casi habría preferido que me echara la bronca. ¿Qué clase de pregunta era esa, cuando pillabas a tu hermana masturbándose en tu cama con la cara pegada a una de tus corridas?

No pude articular palabra.

Se acercó a mí y me tomó del brazo sacando la mano que escondía en mis bragas. Levantó y observó mis dedos húmedos…  Y hubo un instante, con mi mano extendida frente a su cara, él medio arrodillado y su polla al alcance de mi boca, en que me lo imaginé oliéndome los dedos y observando la textura de los líquidos de mi coño justo antes de probarlos, llevándoselos a la boca. Y creo que él pensó exactamente lo mismo, porque sus ojos desaparecieron un momento bajo los párpados, lo justo para darme a entender que se estaba dominando. Podía ver su erección presionar la toalla en sentido hacia mi cara, casi podía olerla tan bien como olía la sábana. Sentir su lengua envolver mis dedos y sus labios apresarlos para introducirlos más fuerte, mientras que su otra mano apartara la toalla y aferrando mis cabellos guiara mi cabeza hasta su polla tiesa y caliente para acompañar mis movimientos mientras disfrutaba de mi primera mamada…

Si eso se estaba imaginando… yo también lo estaba haciendo.

Mis muslos se frotaron involuntariamente al sentir los latidos atenazando esa zona que tanto placer me daba cuando pensaba en Víctor. ¡Dios! ¡Cómo dolía! Su lengua, allí necesitaba su lengua ahora. ¡Qué me comiera el coño, que me metiera la polla! Dos dedos… tres… toda la mano, me daba igual. Tan salida estaba que creía que caería al suelo si su mano endiablada no me metía al menos un dedo…

Sólo uno… ¡Por favor!

Y él, allí. Esperando…

Su polla igualmente tiesa bajo la toalla…

-          Por lo mojados que están yo diría que sí- comenta, desenfadado, soltándome la mano y volviéndose a levantar.

Se me vino el mundo encima. Lo había tenido tan cerca, y ahora lo veía alejarse…

Conseguí incorporarme a duras penas, sentarme en la cama erguida y recomponerme las faldas. Lo miré con el pelo delante de la cara, pero él me daba la espalda.

-         - Voy a vestirme… Y para eso me tengo que quedar en bolas…

¿Era un ofrecimiento? Mi corazón se alteró tanto que casi me sentí atragantar con mi propia saliva. Lo vi agarrar la toalla por el lateral donde el borde se entremetía para sujetarla, y sacarla de su sitio. Dándome la espalda, esa grandiosa espalda de nadador que mi hermanito tanto cultivaba, vi como abría la toalla por delante e iniciaba el descenso de la felpa rozando sus nalgas. Casi podía oír el sonido de la piel al dejarse acariciar por la tela. Loca de deseo me vi mientras observaba como bajaba.

-        -  ¿No vas a irte?- me preguntó, volviendo la cabeza para mirarme. Pude ver en sus ojos una invitación, pero no estaba segura.

No pude resistir la idea de imaginarme metida allí delante, donde sabía que no había nada, arrodillada entre sus fuertes piernas, para tomar su polla entre mis manos y meterla en mi boca… Así, como tantas veces hacía ahora con el mango del cepillo del pelo, practicando por si llegaba el momento de vérmelas con la verga de Víctor.

-        -  Me quedo.

Me sorprendí hasta yo al decirlo. También parece que se sorprendió él al escucharlo. Se envolvió nuevamente en la toalla y se dio la vuelta. Me miró, desafiante. Sus ojos llenos de fuego. No podía creer como me estaba mirando.

-         - Fuera, mocosa.


Si… Un puto viernes…

Sola en casa, en mi habitación. Avergonzada y apaleada, rechazada por mi hermano en el momento más excitante de mi vida. Con el coño mojado, en el coche de Víctor de camino al instituto… Con el coño mojado en clase, con el coño mojado almorzando…

Con el coño mojado todo el puto día.

Jodido viernes.

Desesperada por tener un orgasmo, de eso no cabía duda. ¡Y por mis cojones, que no tenía, que iba a destrozarme el coño mientras me masturbaba!

El único material conocido para tal menester se escondía en el disco duro del ordenador de mi hermano. Allí le había visto porno en muchas ocasiones, y hoy lo necesitaba como respirar. Así que a esas horas… las dos de la mañana, enfilé hacia el dormitorio de Víctor y me senté en su silla. Su ordenador tenía clave, pero era tan tonta que enseguida se la había levantado. En eso mi hermanito había sido un poco descuidado. La pantalla se iluminó y mientras yo me despojaba de mis pantalones de franela, horrorosos para el lívido de cualquiera, saltó el mensaje de la contraseña. Temblé un poco al teclearla, ya que me daba siempre miedo de que la hubiera cambiado y tener que buscarme porno en cualquier otro lado… aunque, de todos modos, el recuerdo del culo de Víctor me tenía tan excitada que no creía que fuera a durar mucho para disfrutarlo. Me había agenciado del famoso cepillo. Pensaba chuparlo mientras me pellizcaba el clítoris, visionando alguna película donde la chica se la chupara muy bien al actor.  Fui directamente a la carpeta donde las guardaba, y mientras lo hacía saltó un mensaje al Hotmail, avisando en la barra inferior del escritorio…

Un mensaje de correo de una tal Verónica.

Mi mano no me obedeció cuando le dije que no lo abriera. Mi mente no quería saber lo que la tal Verónica tenía que decirle a Víctor a esas horas de la madrugada. Al clickar sobre él ya sabía que me arrepentiría… pero lo necesitaba. Tal vez esa tipa pudiera descifrarme algo de mi hermano que podría hacerme falta. Pero lo que vi no me lo esperaba… 

El mensaje rezaba con La siguiente frase: Para que no olvides esta noche.

Estaba enviado desde un dispositivo móvil, y contenía un video. Lo habían llamado, Mamada a Víctor.

Temblé.

Allí, en ese video, estaba la tan ansiada polla de mi hermano, introducida en la boca de una guarra en vete a saber qué sitio. Su polla, la boca ajena. Sus jadeos, su leche espesa… La saliva de la puta mezclada con la piel endurecida…

Una mamada… Una mamada con una boca que no era la mía.

Respiré hondo y cargué el vídeo. Tardó un poco, no parecía corto. Mi corazón pareció detenerse cuando la pantalla se quedó en negro, y me dispuse, olvidando todo mi planteamiento inicial, mi coño, mi cepillo, mis dedos y mi lengua. Solo había ojos para la pantalla, y mis dedos se aferraban a la mesa como si pudieran arrancarle un pedazo de madera.

Y allí apareció ella… Rubia, con cola alta, maquillaje bastante corrido, sudada… La visión de la tal Verónica era la de la típica tía a la que se estaban follando, que estaba disfrutando como una loca. Y borracha…

-         - Quiero terminar en tu boca, zorra…

La voz de mi hermano Víctor.

El escenario, su coche; los asientos delanteros por lo que se veía. Él grababa con el móvil de ella, imagino, porque el de mi hermano se veía en plano en el sillón a un lado. Cristales empañados…

Jadeo de ambos.

Desnudos.

Ella asiente con esa cara de tonta borracha que tiene y se  la ve arrodillarse más si cabe en el asiento que normalmente yo ocupo al ir al instituto. Ese que temí mojar esa mañana tras el bochornoso espectáculo en el dormitorio de mi hermano. Se acerca su cara al plano, se ven los dedos de mi hermano entrar en su boca y hacer como si se la estuviera follando con la polla. La asfixia, le tira de los labios, le saca las babas y le corre más si se puede el lápiz labial. Ella se deja hacer, con cara de lujuriosa. Sonríe cuando su mano le golpea la mejilla, cuando le restriega las babas por la cara, cuando le da una tela y se la aprieta contra los dientes, forzándola a engullir parte del trapo.

Y allí, en segundo plano… aparece.

Su polla.

Se me cortó el aliento. Se me cortó todo el cuerpo.

Grande, rosada, gorda como no lo había imaginado nunca. No podía distinguir si larga, pero gorda lo era un rato. Un capullo bien formado, mojado y brillante, se perfilaba ahora cerca de la cara de la tipa, con alguna gota saliendo de la punta de la uretra. Venosa, fuerte, dura. La polla de Víctor era una maravilla…

La imaginé caliente entre mis dedos, pensé en morderla  y rozarla con la lengua, me vi cerrando los labios alrededor de su capullo y estrangulándola en ese punto. Chuparla como un caramelo, o como quiera que se chupara una polla como esa. Aunque, debido a su grosor, creí que no me resultaría nada fácil hacerlo.

Me había vuelto a mojar las bragas…

-        -  Chupa, zorra. Chupa hasta que me corra.

Más mojada… latidos, temblores en mis piernas. Mi hermano Víctor hablando en ese tono de desenfreno total, voz ronca por el deseo… o el vicio. Su voz era diferente, su actitud mucho más morbosa de lo que hubiera imaginado. Ver su mano agarrar la polla y golpearle a la chica con ella en la cara fue tan estremecedor que me vi haciendo lo mismo con el cepillo, recibiendo el impacto en mis labios y en mis mejillas. Y me gustó imaginarme siendo golpeada de esa forma tan íntima. Preciosa imagen.

Se la metió a la fuerza en la boca. Bombeó con rabia contra sus carrillos, contra el paladar y la garganta. Le agarraba de los pelos y la obligaba a mirarlo, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la perforaba con la polla. Una vez, y otra, y otra más. Fuerte, duro… hasta el puto fondo de la garganta llegaba. Arcadas en el rostro de la chica, y gemidos de él para acompañar las embestidas. Jadeos,  jadeos desenfrenados, y el sonido de su polla entrando y saliendo de una boca cargada de saliva.
Magnífica estampa.

Yo llevaba rato chupando el mango del cepillo…

Se acelera la respiración, el destrozarle la boca a la chica se hace más intenso. Jadeos más fuertes, más movimiento en la cámara que graba. Mi hermano se va a correr…

-         -  No te la tragues, puta. Échala  aquí…

Otra vez la tela en escena, la que le había metido en la boca antes. Mi hermano imprime mucho más ritmo a sus caderas, presiona con rabia, se la folla a conciencia. Ella cierra los ojos, casi llora de la fuerza y puede que de algo de náuseas. Y se corre Víctor entre estertores y gritos, y mi cabeza se llena del retumbar de su orgasmo.

Me atraganté con el cepillo…

Sale la polla roja de su boca, y la mano de mi hermano le lleva la tela a los labios de la puta de Verónica. Borracha, mira contenta de haber conseguido retener toda su leche entre el paladar y la lengua, y escupe sinuosamente la corrida blanca y pastosa. La tela la recoge, la mano la sujeta, y la limpia toda de su boca babosa.

Sube la imagen hasta estar la cámara por encima de la polla, con la tela en las manos, desaparece Verónica. Yo acabo de escupir en un clínex que por allí tenía mi hermano, y mientras lo hago miro como mi hermano enfoca bien la tela.

La reconocí al instante.


Eran unas braguitas de mi cajón de lencería…



@MagelaGracia

Magela Gracia en Facebook