¿Lees novela erótica? ¿Te has corrido alguna vez cuando tus ojos se deslizan por las palabras escritas en páginas amarillentas, mientras sientes los latidos atenazando tu polla caliente y dura en el pantalón vaquero?

¿No has sentido como un escalofrío recorre tu espalda desde el pubis, dándote la sensación de que necesitas aire... o mejor, una boca que recorra esa verga erguida desde su base hasta la punta? Muy mojada, mucha saliva caliente resbalando por unos labios carnosos pintados de rojo que se desdibujan manchando el rostro femenino.

Mi rostro...

En su defecto puedes masturbarte, agarrar firmemente tu polla con la mano, rodear el capullo con los dedos gruesos y sentirla palpitar. Gemir.

¿Quieres correrte leyendo novela erótica? ¿Quieres que escriba porno para ti? ¿Quieres recordar estas palabras mientras estás conduciendo, acostado en la cama, o duchándote? ¿Quieres sentir como se te pone dura cuando el agua acaricia tu culo al entrar en el mar? ¿Quieres imaginarme jadear tu nombre mientras estamos separados, fantasear con cómo me masturbo tirada sobre la alfombra de mi dormitorio, como me penetro yo misma y me lamo los pezones... pensando en ti?

Como me estremezco al correrme... gritando tu nombre.

Imagina leche condensada resbalando por mis nalgas. Y ahora imagínala resbalando por mi coño rasurado. Imagina que la lames, que la chupas entera, y que yo te acompaño. Que nos pringamos entre sudor y azúcar.

Y ahora imagina que no es leche condensada...

¿Quieres?

Yo quiero que te corras pensando en mí.

Puedo hacer que te corras pensando en mí.

Puedo.

Puedo escribirte las cosas más calientes.

Puedo.

¿Quieres?

domingo, 19 de octubre de 2014

Una Mancha en la cama

¿Te esperabas un nuevo relato?

Perdón por desilusionarte.

A cambio... voy a ofrecerte algo muy especial. Mi primer libro:

Una mancha en la cama. Pecados de la mente, fantasías pornográficas




Quince relatos pornográficos que disfrutarás, sin duda, si te gusta lo que lees normalmente en Cartas de mi puta. Catorce relatos publicados en este espacio, más trabajados y ampliados, con un hilo conductor muy tentador y sugerente. Una voyeur...

Y un relato inédito: Vísteme con cuerdas.

Estoy segura que no he de explicarte de qué va...

Un libro que, seguro, te excitará.

Permíteme entrar en la intimidad de tu dormitorio, verte en la cama, escucharte gemir. Quiero ser esa voyeur que te espía, que hace tus fantasías suyas... para manchar mis sábanas.

Porque mejor manchar las sábanas con semen... y no con lágrimas.

Gracias por leerme, por hacerme partícipe de tu morbo, por disfrutar de lo que imagino o vivo. Gracias por estar ahí... siempre.

Mil besos... suaves y muy perversos.

Magela Gracia





Una Mancha en la Cama

Te vigilo... y luego escribo. Y ensucio las sábanas.


jueves, 9 de octubre de 2014

Urgencias

Demasiado excitante para pedirle que parara… aunque sabía que debía hacerlo.

Sentada a los pies de la camilla, con las piernas colgando por la altura, trataba de contener la respiración. Y él, con voz aterciopelada y exigente, me pedía que me relajara y respirara.

-          Cierra los ojos y respira-, me decía, mientras su mano presionaba un punto concreto en mi cuello, dando masajes circulares con un par de dedos. Su otra mano me sostenía la espalda, y evitaba que pudiera alejarme de su contacto.

No había nada en ese momento que pudiera hacer que le retirara la mano.

Sentía su aliento dulce al lado de mi rostro, donde había colocado la cabeza para tratar de controlar la respuesta de mi cuerpo a su maniobra. Y no sé si le gustaba o no como iba resultando la cosa, pero no dejaba de presionarme la espalda, dominante, atrayendo mi cuerpo hasta el borde de la camilla.

Contaba mis respiraciones, o mi pulso, o simplemente me observaba elevar el pecho y tensar la blusa bajo los senos. No me atrevía a mirarlo para averiguar la verdad, porque probablemente si giraba la cabeza sus labios y los míos quedarían tan cerca que sería inútil tratar de reprimir el beso que nos estábamos negando.

-          Respira hondo, y siente mis dedos.

No podía sentir otra cosa en ese momento. Si había llegado a la consulta, a esas horas de la madrugada, era porque no conseguía respirar bien. Disnea, según me dijo el médico tras una primera evaluación. Me había hecho unas cuantas pruebas, entre las que se encontraba auscultarme el tórax mientras yo trataba de controlar mis emociones. Desabrochar los botones de la blusa para dejar expuesta la piel que necesitaba para sus propósitos fue demasiado erótico para que no se hubieran puesto duros los pezones, y no precisamente por el frío.

Hacía, por el contrario, demasiado calor en esa consulta.

Los ojos del médico habían luchado por no bajar hasta los pechos, pero no había podido evitarlo. Un par de vistazos rápidos mientras cambiaba de sitio la campana del fonendoscopio hizo que lo que era evidente para él lo fuera también para mí. Su pantalón se abultó mientras una de sus manos rozaba como por casualidad uno de los pezones, y ambos nos miramos como sorprendidos por el contacto.

Fue la primera vez que tuve que reprimir el impulso de abrir la boca y dejarme saborear por sus labios.

Cuando pasó a auscultarme la espalda, la mano libre la colocó en la parte alta de mi pecho, justo sobre los senos. Nunca una mano me había calentado tanto la piel. Simplemente, dejé de respirar. Mis ojos no podían apartarse del hechizante espectáculo de su mano, sosteniendo mi cuerpo, mientras comprobaba lo acelerado que iba mi corazón en aquellos momentos. Cada suave toque del aparato sobre la piel de mi espalda conseguía que la arqueara, sorprendida de la sensibilidad que había llegado a desarrollar en un momento bajo su tacto. Y cada vez que mi espalda se arqueaba, su palma sobre mi pecho presionaba un poco más, reteniendo mis movimientos.

No pude impedir que la imagen de sus manos aferrando mis hombros invadiera mi mente.

Lo imaginé depositando sus labios en el ángulo de mi cuello, donde empieza a llamarse de otro modo. Un beso húmedo, con la lengua presta a probar el sabor de mi piel temblorosa. Lo imaginé deslizando la lengua subiendo por el cuello hasta llegar a la parte posterior de la oreja, y detenerse allí, para besar el lóbulo, diligente y tierno. E imaginé su mano bajar hasta cubrir por completo mi pecho, tomándose la licencia de pellizcar el pezón, dejándome sin aire, mientras empezaba a susurrar al oído las primeras palabras subidas de tono.

-          Tengo ganas de follarte.

A esas alturas, mi imaginación había conseguido que estuviera completamente mojada. El médico continuaba buscando signos en mi pecho, y yo trataba de no mirarlo demasiado, convencida de que si lo hacía acabaría separando las piernas para que el resto de la inspección la hiciera entre ellas.

Pero la escena que me había hecho ruborizar era, sin duda, la de sus manos aferrando mis hombros, conmigo acostada sobre la camilla, sin ropa entre ambos que estorbara, con su cuerpo introducido entre mis muslos, y su espalda arqueándose en esa primera embestida, lenta y profunda, que le hiciera necesitar aferrarse a mis hombros para permanecer bien dentro de mí.

Y su gemido…

Una voz profunda y ronca, dejando escapar el aire de forma lenta y pausada, a medida que su polla se abría paso en mi interior, llenando el vacío húmedo y cálido que había despertado con su tacto.

Estaba demasiado excitada para que no se me notara.

Y él también lo estaba.

Cuando terminó la auscultación se apartó mínimamente de mí, sin retirar la mano del pecho. Creí haberle escuchado que necesitaba disminuir las pulsaciones de mi corazón, pero las palabras que fue pronunciando se me escapaban de la cabeza mientras ésta se llenaba de las escenas que segundos antes me habían asaltado. Veía sus labios moverse, pero no le prestaba atención. Mis ojos andaban perdidos en su lengua húmeda, que asomaba pícaramente con sus sonrisas, embaucándome.

Me tenía completamente rendida. Podía estar pidiéndome permiso para follarme en aquel mismo momento, y no me habría enterado. Podría estar diciendo que iba a ponerme de pie, a inclinarme sobre la camilla para admirar mi tentador trasero, para luego desnudarme lentamente, dejando caer la falda al suelo, y admirar mis braguitas. Podía estar comentándome que iba a rozar mi vulva para ver si tenía el coñito húmedo, para luego apartar la tela lentamente dejando expuesta la zona que deseaba torturar con su polla. Podía estar contándome que se iba a desatar el lazo del pantalón de su uniforme para abrir la bragueta y sacar su miembro henchido, aferrarlo con una mano para dejarlo justo a la entrada de mi coño, y mientras me sujetaba firmemente por las caderas iba a presionar hasta hacerme sentir toda su virilidad dentro, sin espacio para nada más…

Podía estar pidiéndome que gimiera mientras me follaba, y no me estaría enterando.

Cuando de pronto hizo el gesto para que empezara a abrocharme los botones de la blusa, caí en la cuenta de que no sabía qué había pasado. Mientras mis dedos intentaban hacer lo que él me indicaba intenté concentrarme en saber si me había dado un diagnóstico o si debía seguir observando mi cuerpo durante un rato más. Cuando levanté la vista lo encontré con la mirada perdida en el hueco de mi escote, y me temblaron las piernas.

No abroché el botón que estima la línea del decoro…

Ni el de abajo tampoco.

El médico me observó el rostro, tratando de buscar algún signo que le dijera que se estaba imaginando que lo deseaba, y supongo que no encontró ninguno. Tomó mis manos, que había dejado apoyadas sobre los muslos, y las colocó a ambos lados de mi cuerpo, en la camilla. Dos de sus dedos subieron lentamente hasta mi barbilla, y sin apartar los ojos de los míos tocó mi piel en ese pinto. Los deslizó hasta la garganta, y bajó hasta ese punto donde el sudor se deposita cuando el sexo es violento, y los cuerpos chocan entre jadeos entrecortados con las embestidas de una polla decidida.

Allí, en ese punto, enterró los dedos.

Fue como si los hubiera metido en lo más profundo de mi entrepierna. Así lo sentí, y así se arqueó mi espalda, nuevamente, como si lo hiciera.

Y allí andaba yo, con los ojos cerrados, y sus dedos presionando un punto que se suponía que iba a hacer que me relajara y respirara mejor, y mi corazón se enlenteciera, cuando lo que yo quería era respirar de forma entrecortada por el sexo sin sentido con el médico que a las tres de la madrugada me había recibido medio empalmado y somnoliento en la puerta del centro de salud.

Quería mi corazón desbocado, mientras me follaba sobre la mesa de la consulta, con mis cabellos entre sus dedos, y mis piernas separadas para recibir sus envites una y otra vez, hasta que el mueble chocara con la pared y ya sólo mi cuerpo fuera el que se moviera con su follar salvaje e indecente.

-          ¿No te encuentras mejor?- me preguntó, tan cerca de mi rostro que sentí las palabras acariciarme la piel, como un beso.

Todo lo que fui capaz de expresar fue una negativa con un gesto de la cabeza, sin atreverme a decir que iba mejor, por si acaso retiraba los dedos de mi piel, o su mano de mi espalda.

-          ¿En serio?- preguntó, pícaramente, acercando su cuerpo un punto más al mío.

Llegando a rozarme con su pelvis la cadera colocada en precario equilibrio.

Su polla me quemó a través de su ropa y la mía, y lo sentí duro como sabía y rogaba que estuviera. Tanteó con su cuerpo a ver si ofrecía resistencia, y al no obtener negativa tomó valentía y comenzó a frotarse contra mi cadera, lentamente, arriba y abajo, mientras sus dedos continuaban ejerciendo su magia bajo mi garganta. No recuerdo en qué momento su mano en mi espalda aferró mis cabellos, tirando de ellos para que mi cabeza fuera hacia atrás y expusiera la piel que deseaba. Sé que acto seguido retiró sus dedos y su boca fue a suplir la ausencia de ellos, lamiendo con lengua experta la zona que de forma tan poco decente había calentado con los dedos.

Tampoco recuerdo el momento en el que empecé a jadear sin remedio, escuchándolo a él hacerlo, mientras continuaba con su lento movimiento de pelvis contra mi cuerpo. Desde abajo, como si con la polla quisiera recorrerme el muslo, la cadera y la cintura, se disponía una y otra vez a frotarse. Y lo hacía como si me follara, profundizando, oprimiendo mi cuerpo contra el suyo, sin dejar espacio entre ambos. No era un roce sutil, me follaba contra la piel, aunque hubiera ropa.

Por supuesto, tampoco recuerdo el momento en el que su mano bajo a separarme las piernas.

Los dedos se metieron en medio de mis muslos, y me obligaron a moverlos para ofrecerle la parte de mi cuerpo que deseaba. Y yo, que lo deseaba más todavía, dejé que arrastrara mi muslo sobre la camilla para que la falda se hundiera entre ellos. La levantó y la sujetó para exponer a su vista mis bragas, y allí encontró la mancha de humedad que tanta vergüenza me daba mostrarle. Con los nudillos pasó los dedos sobre la zona donde supuso que merecía más atenciones, y mi clítoris se hinchó al instante. La espalda volvió a arquearse, pero controló mi cuerpo con la mano aferrada a mis cabellos, y sus dientes clavándose en mi cuello.

Sin embargo, recuerdo perfectamente en momento en el que apartó la tela de mi entrepierna, y aferró el clítoris con dos dedos expertos, buscando mi respuesta. Gemí al techo, mientras mis muslos se estremecían. Las manos se me cerraron en puño a ambos lados de mi cuerpo, mientras su polla continuaba frotándose contra mi costado, cada vez más mojada. Y sus dedos, simplemente, se perdieron entre mis pliegues, jugando con ellos, pellizcando, acariciando y palmeando la zona completamente encharcada.

-          Delicioso…

No sé si sentía más sus dedos o su polla, o su lengua recorrer la zona intermedia de mis pechos, para ir a buscar luego un pezón que apresar dentro de la boca. Me chupó ambos como si lo necesitara para vivir, mientras sus nalgas continuaban con su bamboleo contra mí, y sus dedos me torturaban, a punto de arrancarme un orgasmo.

Y cuando estaba a punto de correrme, ya sin remedio, empezó a follarme con los dedos. Los sentí rudos, infinitos y enormes dentro de mi coño, y los envolví con la fuerza que dan los espasmos justo cuando estás a punto de explotar, gritando. Los metió y sacó como si fuera su polla la que me follaba, con apremio y dureza, chocando con el fondo como no lo había hecho nunca una verga. Cuando mis gemidos se elevaron me clavó los dedos tan hondo que podía haber incluso dolido, pero su boca fue a tapar la mía para respirar el aire que necesitaba descargar con el orgasmo. Su mano liberó mis cabellos, y sujetándome por la cintura se frotó contra la cadera de forma violenta, sintiéndolo gemir también en mi boca, mientras le llegaba a él el orgasmo y sentía mojarse la tela de su ropa y la mía con el último empujón.

Tampoco recuerdo el momento en el que sacó los dedos, y se apartó un poco de mi lado.

Lo que sí recuerdo es que al poco tiempo de correrme respiraba bien, no sentía presión en el pecho, y la taquicardia había desaparecido.


Tendría que preguntarle si atendía por consulta privada…



@MagelaGracia
Fb: Magela Gracia
Instagram: magela_gracia 

martes, 7 de octubre de 2014

Mi fantasía ( I )

-          No. Estoy segura de que quieres saberlo. Pero...

Insistes, tumbado a mi lado en el sofá de tu casa, como si no hubiera nada más interesante en ese instante sobre lo que conversar. Un tema escabroso, sin duda, para amenizar la tarde de domingo con las tazas   de café humeando en la mesilla. Y tremendamente excitante para mí.

Tienes la polla dura.

Parece que también es excitante para ti...

¿Qué habría cambiado? Supongo que ya lo sabes. No hay nada en este mundo que no me hubiera complacido más en aquella época que darle su merecido. Sí, darle por culo a ese jodido cabrón que me hizo   sentir humillada durante tanto tiempo. Y creo que después de todo... el hecho de por fin fantasear con ello, contigo, hacía que me sintiera liberada. Esto decía mucho de la confianza que habíamos llegado a tener.  Sabías lo que me había pasado, sabías lo que había sufrido, y yo sabía que querías hacer algo al respecto...

Te excitaba la idea. Pero, sobre todo, deseabas resarcirme de las penas que otro capullo me había provocado.

Mi fantasía. Esa, que querías hacer tuya... para mí.

Recuerdo aquella tarde en la que, sentados en una terraza a finales de otoño, te había comentado la historia, sin venir a cuento de nada. Nos empezábamos a conocer, y probablemente cualquier tema podía  ser lo suficientemente adecuado. Un refresco en tu mano, una cerveza en la mía. Y tu polla, como muchas veces, endurecida en tu pantalón al escucharme hablar de sexo sin tapujos.

Te conté que todo había ocurrido en aquella acampada. El hecho de desnudarme frente a ti narrándote mis 18 años se presentaba interesante desde tu punto de vista. Pero para mí, que sabía cómo acababa la historia, lo más excitante era saber que estabas empalmado y que me deseabas en aquel momento tanto como cuando me veías ofrecida en tu cama. Se te veía tan atento a mis palabras, aquellas que decidí contarte con algún adorno de más, sabiendo que se me daba bien imaginar situaciones, y que al fin y al    cabo aquello era mi fantasía... creada para los dos.

Pues sí, entre sorbo y sorbo de cerveza te conté como mi chico de aquella época, un noruego afincado en  la isla, había conseguido ser mi novio... no recuerdo bien el motivo. Era mayor que yo, por lo menos cinco años, y se jactaba de tener amplia experiencia con las mujeres. Yo, que ni de broma me consideraba una mujer, y menos sabiendo que era la única de mi grupo de chicas que no había tenido sexo todavía, me sentía muy vulnerable por aquel entonces. Desde jovencita había conseguido que los chicos  volvieran la vista para mirarme. De eso se encargaba mi imponente culo, y mi facilidad para entablar conversaciones salidas de tono con total naturalidad. Había tenido mis escarceos, como todo el mundo a   sus 18, pero nadie había tenido acceso a mi coño. Ahora... Si considerábamos el sexo oral, que en aquella época no contaba como sexo para nosotras… Eso, junto con meter mano al novio, era lo que complementaba mi currículum.

Pues eso, te hablé de mi vulnerabilidad. Al fin y al cabo... tenía miedo. No por nada mi madre me había   dicho muchas veces que no quería saber nada de mis relaciones sexuales, y esa frase tan de madre de "pobre de ti si te quedas preñada". Por lo tanto, de pensar en dejarme penetrar... ni de coña. Pero en hacer pajas era toda una experta. Y eso mi novio noruego lo sabía muy bien. De esa forma, cuando me enteré    que era la única de mi grupo de amigas que no se la había dejado meter me sentí la chica más estúpida del planeta, cosa de tener 18 años, supongo, y una autoestima en aquel entonces un poco bajilla. Y así, envalentonada, le dije a mi chico que en la acampada que habíamos programado para Semana Santa quería que me hiciera el amor. Sí, ridículo... lo sé... Pero entonces yo no hablaba de follar, y no se me      ocurría decirle a mi novio que quería que me la metiera bien fuerte y duro dentro de una tienda, entre sacos de dormir.

En aquella época decíamos hacer el amor.

Y yo estaba enamorada.

Pues eso te conté, mientras te veía removerte inquieto en la silla de la terraza, marcando bulto en el pantalón, y con la sonrisa medio ladeada. Desde tu punto de vista, muy rocambolesca la historia. Me imaginabas siendo follada en un saco de dormir, dolorida por ser la primera vez, pero completamente entregada al placer que me producía la polla veinteañera de mi novio; siendo cabalgada ofreciendo mis nalgas, más que deseables, para que el muy imbécil se dignara a azotarlas. Ropa a medio quitar, jadeos y  sexo duro...

Pero la historia era un poco menos apetecible. En la acampada cada pareja iba a su rollo, pero también hacía lo mismo el grupo de chicas. Todas sabían que mis intenciones eran separarle las piernas a mi chico   aquella misma noche, y por lo que podía entender, también el grupo masculino lo sabía, ya que no dejaban de mirarme y de pegarle codazos al futuro amante.

Y la noche pintaba bien...

Salvo que los nervios pudieron con mi novio. Se emborrachó alrededor de la hoguera que habíamos prendido para calentarnos un poco. La brisa marina hacía de las suyas a las doce, y el rumor de las olas nos amodorraba a la vez que el alcohol. Algunos de ellos habías sacado unos porros, y las caladas se sucedían entre chupitos de ron y papas fritas. Recuerdo que me acariciaba las piernas, descubiertas hasta las ingles casi, y que sus ojos se perdían de vez en cuando en la línea de la parte alta de mi biquini. Un escueto beso en el cuello complementaba sus atenciones, y pasarme la mano por el culo,  afirmando su propiedad... Yo estaba cachonda, y a la vez tremendamente asustada.

Pero no temía al dolor, o a sangrar durante la primera penetración. De pequeña había tenido un accidente y había perdido el himen, por lo que no esperaba sino una ligera molestia mientras sintiera su polla empalarme por vez primera. Tenía miedo a no saber actuar correctamente cuando lo tuviera encima. Porque estaba convencida de que se podría allí, como tantas otras veces había hecho, justo antes de pararle los pies. Sabía que me desnudaría a toda prisa, como siempre,  colocaría su polla en mi abdomen, y empujaría sus caderas hasta que yo separara mis piernas. ¿Y qué haría con sus manos? ¿Trataría de tranquilizarme, me acariciaría y me besaría mientras se preparaba para follarme? ¿O tal vez, simplemente, escondería la cara en el hueco de mi hombro mientras daba ese primer movimiento? Lo veía más de esto último...

Pero cuando nos levantamos todos para irnos a las tiendas, mi novio se tambaleaba...

Arqueaste una ceja con el detalle, sabiendo que algo no iba a ir según tus planes en la historia. Por tu experiencia, el alcohol no suele ayudar a que una polla se mantenga erecta, y menos con una buena borrachera, y algo de marihuana. Te removiste en el asiento nuevamente. Tomaste algo de tu cola, y volviste a mirarme a los ojos, interrogándome. Querías muchas respuestas en ese momento, y yo tenía un nudo en la garganta que dificultaba el contarte todo sin otra cerveza en la mano. Después de todo... el alcohol a mí me afectaba mucho menos que al capullo de mi novio adolescente.

Entramos en la tienda con dificultad, casi a trompicones. Estaba oscuro y había piedras por todos lados. Mi chico me metía mano descaradamente desde que nos alejamos un poco de la hoguera, mostrando mi   cuerpo a los ojos de muchos de los acampados en la zona. Más tarde aprendí que era divertido mostrar al que mira, y hacerlo sufrir... Pero por aquel entonces me avergonzó una barbaridad que otros tipos a los    que no conocía se llevaran la mano a la polla de forma obscena al descubrirme mi novio un pecho mientras ellos miraban. Agaché la cabeza y entré en la tienda casi desnuda, y él me siguió con la torpeza que dan seis cubatas.

Y se derrumbó sobre mí nada más cerrar la cremallera. Su peso a plomo sobre mi cuerpo me dejó sin aliento. Era mucho más grande que yo, y bastante más pesado. Me atrapó y poco más pude hacer, salvo dejarme besar torpemente, con el olor a alcohol de su boca, y los ojos somnolientos y entreabiertos perdidos en algún punto de mi rostro. Yo estaba tan incómoda que no recuerdo bien si se quitó completamente los pantalones antes de intentar meterse entre mis piernas. Y no estoy segura de si me quitó la parte baja del biquini antes, o simplemente apartó la braguita a un lado. Sentí su mano aferrando su polla, pegada a mi entrepierna. Apenas si podía estar mojada de lo nerviosa que estaba y lo torpemente que se estaba comportando él.

Con la polla en la mano intentó penetrarme, pero no estaba empalmado.

La verga se le escapaba de entre los dedos cada vez que empujaba para metérmela. Resopló un par de veces, y se la meneó con fuerza entre nuestros cuerpos para conseguir empalmarse. Pero no hubo forma. No conseguía la rigidez necesaria para follarme, y su frustración y la mía se hicieron más que patentes a medida que pasaban los minutos.

Se me ocurrió que si gemía y me restregaba contra él algo de efecto conseguiría en su excitación, y con la poca experiencia que tenía me aferré a sus caderas con mis piernas y elevé mi pelvis contra su cuerpo. Me froté arriba y abajo varias veces, consiguiendo que al menos mi vulva se inflamara un poco, y le lubricara la polla levemente. Jadeé contra su oreja, aferrándolo de los rizos rubios. Eso pareció gustarle, y envalentonado con el resultado volvió a la carga, intentando enterrarse nuevamente en mí.

Sentí su polla, sí… pero de forma tan efímera que se me cayó el alma a los pies. En mi cara se reflejó la decepción, sin duda alguna. Había jugado con anterioridad con otros chicos, y sus dedos se habían dejado sentir mucho más que aquella polla. ¡Solo tenía ganas de llorar! Empujó un  par de veces, lo sentí presionar, pero simplemente sus caderas contra mi cuerpo, porque su carne dentro de la mía apenas si tenía algún sentido. Empujó y jadeó… y se derrumbó sobre mí, con un inicio de risa estúpida que me llenó la cabeza.

Rodó hacia un lado y quedó boca arriba, riendo a carcajada limpia. Yo no podía creerlo. ¿Se reía de mí? ¿Se reía de él? Tenía unas ganas horribles de golpearlo y borrarle la estúpida risa de la boca. ¡Por favor! Nunca, en todos mis años de juegos y escarceos, había pensado que mi primera vez podía acabar de una forma semejante.

Dibujaste en el rostro una mirada de comprensión muy sutil, pero es que tus gestos suelen ser más o menos austeros. Aun así, me sentía acompañada en mi rabia en aquel momento, con la idea de que querías resarcirme de mi pena, y que si se te llega a poner delante aquel capullo ahora le habrías partido los morros de un guantazo limpio, lo que llamaríamos con economía de movimientos. No merecía mucho más, después de todo. El daño estaba hecho, y la pena, por mucho que nos gustara pensar, no se iba a ir del cuerpo.

Pedí otra cerveza; ya iba por la tercera. Menos mal que habíamos comido copiosamente y que mi estómago toleraba mucho mejor el alcohol ahora que a los veinte años. Me reí recordando la vez que me emborraché con tequila en un pub homosexual hacía unos cuantos años, y acabé vomitando en los pantalones de un heavy que no tuvo tiempo de apartarse cuando me vio inclinarme sobre él. Ahora podía reírme de eso, pero en aquel momento a nadie le hizo gracia, y a mí tampoco.

Seguí relatándote que no podía darme por vencida, y que en vista de que mi novio no parecía tener ya la más mínima iniciativa, me lancé yo hacia su polla flácida. La cogí entre los dedos y me la metí en la boca, como tantas otras veces había hecho, esperando los mismos resultados. Pero ni mi novio se concentraba, ya que continuaba riendo, ni yo podía obtener grandes logros, ya que poco caso le hacía a mi lengua, que acariciaba su capullo blando una y otra vez. Chupé y jugué con su carne, lamí y la ensalivé todo lo que pude. Gemí contra su polla, acaricié sus huevos y le dediqué todas las atenciones que tenía en mi repertorio en aquella época, que aunque no eran pocos no son desde luego todos los que poseo ahora, tras quince años de experiencia chupando pollas.

No tantas, te insinué con la mirada, cuando arqueaste una ceja, divertido. Al fin y al cabo, ya sabías que de todas las que habían disfrutado de mis atenciones, la tuya siempre había sido la más agradecida.

Me ruboricé al pensarlo, y luego al decirlo…

Y bueno. ¿Qué más contarte? No se le levantó, como puedes imaginar. Lo más humillante de todo fue que se quedó dormido riéndose, y mientras aún la tenía en la boca empecé a escucharlo roncar sonoramente. Lo miré con rabia, entre la oscuridad de la tienda y las lágrimas que empezaban a empañar mis ojos. Y lo odié enormemente. Bajé la cremallera y poniéndome lo primero que encontré en la gran mochila que habíamos llevado salí al fresco para que el salitre de la playa se mezclara con el mal sabor que tenía en la garganta. Sabor a fracaso, rechazo, impotencia… Pero sobre todo vergüenza.

¿Acaso era yo peor que cualquiera de las otras chicas a las que ese gilipollas se había follado? ¿Qué tenía de malo mi cuerpo para que no se le hubiera puesto dura? ¿Qué había hecho yo mal?

Humillada y ridícula. Así me sentía. Y con ese sentimiento metí los pies en el agua, y me dejé relajar a la orilla de la playa de rocas. Las frías olas me hacían temblar y tomar conciencia de mi cuerpo, que hasta hace unos momentos estaba tenso y caliente. Ojalá en aquel momento hubiera sentido que la culpa era de él, y no mía. Pero no podía sino culpabilizarme de su incapacidad para ponerse duro. Eso marcaría mis días de adolescencia tardía, en la que busqué, sobre todo, que los hombres no me rechazaran.

Sí. Mientras se me mojaba el culo sentada en una piedra a orillas de la playa, me prometí que ningún tío volvería a hacerme sentir tan insignificante. Si estaba buena, era simpática e inteligente, ¿qué podía tener de malo follarme? Imagino que el que yo me hubiera tomado un par de copas también hizo que mis sentimientos de negatividad se acentuaran más, pero ya sabes que en esos momentos a las cosas racionales no les doy demasiada importancia.

Asentiste, sabiendo que yo era de todo menos racional cuando andaba de capa caída. Aunque lleváramos entonces poco tiempo saliendo habías podido comprobar que mis emociones se podían volver muy nefastas para mí, haciendo que las personas que me rodeaban desearan salir corriendo en más de una ocasión.

No volví a la tienda. Cogí mi saco de dormir y pasé la noche a la intemperie, viendo pasar los jirones de nubes que ocultaban de vez en cuando a la luna. A veces dormitaba, pero el sueño era tan desagradable que despertaba nerviosa y con los ojos anegados en lágrimas. Y al clarear la mañana estaba tan dolorida de las posturas que había cogido para descansar que me acurruqué en la tienda de mi hermana en cuanto ella se levantó con su novio. No quise saber de nadie en todo el día, ni tampoco de mi novio.

Recuerdo que tuvo la osadía de hacerme el comentario de volver a intentarlo esa noche. No le escupí a la cara de milagro.

Sí, mi primera vez fue un verdadero desastre. Menos mal que la cosa había ido mejorando. No te conté que pasó después con mi novio, ni si rompimos o volví a darle otra oportunidad para sentirme bien follada. Tampoco creo que te importara tanto. Sentías cierta curiosidad por la vez que me habían desvirgado, y en verdad no pensaste nunca, en aquella terraza, que acabara contándote todo con tantos detalles. Ni que la cosa hubiera salido tan mal.

Y ahora, acurrucados en el sofá, disfrutando de la complicidad que da conocernos desde hace ya bastante, no recuerdo cuánto… me preguntas qué habría cambiado.

-          ¡Dios! Lo que habría cambiado…

Sin duda, allí terminaba la historia triste.

Y empezaba mi fantasía.


-          ¿Quieres que te la cuente? Pues estás en ella…



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lunes, 29 de septiembre de 2014

Mirillas

PROLOGO. Un nuevo proyecto...

Valencia
7:48

Salgo por la puerta a la carrera. Hago un repaso mental de mi vestimenta, prestando especial atención únicamente a los zapatos; el resto se ha convertido en rutina. Y conforme con la elección de la mañana, llego al ascensor a trompicones, y pulso el botón con prisas.

Si tengo suerte, podré terminar de maquillarme en el espejo de la pared del fondo, ya que los veinte pisos que me separan de mi coche dan para mucho a una mujer tan experimentada como yo en las carreras de velocidad mañaneras. Mejor eso que retocarme el rímel en un semáforo, a la vista de los gilipollas que se quedan mirando con cara de “mujer tenías que ser, para eso sí sabes usar el espejo retrovisor.” Porque a mí siempre me entran ganas de contestarles: “El lápiz de labios que me estoy poniendo es el que estás deseando que  te pinte la polla, mamonazo.”

Y claro, para evitar tal intercambio intelectual, mejor usar la intimidad de un ascensor para los menesteres de disimular las señales de la mala noche pasada, tras unas copas de vino en el sofá, masturbándome hasta altas horas de la madrugada con el libro electrónico en la mano, mientras me imagino que el protagonista de la historia está entre mis piernas y no entre las de la niñatilla de líneas perfectas que la escritora quiso que yo envidiara. ¡Joder con las veinteañeras! Yo a su edad no me comía una rosca, pero también es cierto que yo no tenía el 170 de estatura ni el cabello pelirrojo de la muñequita en cuestión.

En total… tres copas de vino (que si no me equivoco, era más de media botella de rosado bien fresquito,) dos orgasmos bastante intensos tras usar el consolador que mi ex novio había tenido la gentileza de dejar que me quedara tras nuestra ruptura sentimental, y tres horas menos de sueño de las que dicta el sentido común en una noche de martes, cuando el miércoles va a ser un día tan duro de trabajo como cualquier otro.  Consecuencias: Ojeras, un bostezo permanente en la boca, mal aliento y dolor de cabeza.

Pero aún llevaba las bragas mojadas…

Eso hacía que mereciera la pena echar a correr ahora ajustando la falda de tubo del traje de chaqueta que tenía costumbre ponerme para ir a trabajar. Un dos piezas clásico que podía combinar con infinidad de blusas y zapatos, y que se había convertido en un recurso la mar de socorrido para cuando me vencía el alcohol en una noche solitaria, o la película de estreno de los jueves (¿a quién coño se le ocurriría poner una peli buena cuando al día siguiente hay que madrugar?) o la fiebre del bebé del piso de abajo, que siempre aparecía cuando estaba quedándome plácidamente dormida acurrucada en mi espaciosa cama, con pesados cojines colocados primorosamente en el lado en el que desde hacía más de un año había dejado de dormir mi querido ex novio.

Pues eso, que yo dormía mal casi todas las noches.

Y casi todas las mañanas me despertaba maldiciendo en voz alta el despertador y su función snoozer, los pajaritos que piaban tan alegremente en la melodía escogida dándome la bienvenida al nuevo día, y a mis nuevos y fogosos vecinos, que se habían pasado gran parte de la noche prodigándose placeres el uno al otro, haciéndome saborear sus orgasmos como si fuera mi coño el que los hubiera disfrutado.

Mierda. Mierda. Mierda.

Y la puerta del ascenso se abre cuando me estoy volviendo a poner uno de mis amados tacones, manteniendo un precario equilibrio con saltitos ridículos en el descansillo.

No he tenido suerte; el ascensor está ocupado por una vecina que identifico como la tipa con suerte del ático, la que tiene un marido de lo más cañón, un cochazo en la plaza de garaje y unos pequeños diablillos, (ya no tan pequeños, que creo recordar que están en la universidad) que ya no viven en casa sino en la residencia de estudiantes. Su despampanante maridito únicamente para ella.

Saludo quedamente con la cabeza, y me acomodo en el lado opuesto del ascensor, como dictan las normas no escritas de los usuarios de ascensores en grandes comunidades. Segundo mandamiento: No rozarás nunca a tu vecino, aunque sea el macizo del ático y el habitáculo esté a reventar. Antes bajas por las escaleras los 20 pisos, y te ahorras la clase de aerobic de la noche. Por suerte, el tercer mandamiento prohíbe el intercambio de más de tres palabras en el ascensor, y el cuarto hace referencia a chismorrear todo lo que se pueda de los datos criticables que se pueden recabar de un rápido vistazo de soslayo.

Y esa mañana esta, mi querida y envidiada vecina, no tenía buena cara. No llevaba su moño habitual, recogido con esmero en lo alto de la coronilla. Tampoco iba maquillada, y desde luego el calzado era de todo menos glamouroso. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Pero lo realmente interesante se encuentra en las manos de mi queridísima y envidiadísima vecina. Una caja con enseres personales, descuidadamente abierta a los ojos curiosos de cualquiera que quisiera otear su interior. Y era una caja bien surtida, desde fotografías en sus marcos a productos de higiene. Y eso, unido a los rumores de problemas en la pareja, hizo que empezara a tomarme en serio las habladurías de la portera.

Divorcio a la vista.

Una lagrimilla se le escapa a mi vecina al mirar la foto que se encuentra más arriba, y casi me enternezco. Y digo casi, porque estoy que no me lo creo. Mi modo harpía se ha activado sin demasiados miramientos, y ha metido los datos del vecino buenorro en mi GPS. A la porra el lápiz de ojos en el ascensor, en nada tendré que disponerme a salir siempre impecable por la puerta de mi casa.

-          ¿Vacaciones?- pregunto, malévola.

Ella me dirige una mirada asesina, de esas que dejan a las claras que si no existieran los mandamientos en los ascensores cometería un asesinato. Noveno mandamiento: No matarás nunca a un vecino en el interior del habitáculo, ya que la sangre es difícil de limpiar y la portera se pone de mala leche si la hacemos tocar lejía. Mala baba tener alergia a los productos de limpieza siendo empleada del hogar, y con un peso que podría aplastar con facilidad a dos vecinas como nosotras sin casi sudar.

-          Mudanza-, responde, serena.

No puedo disimular la sonrisa que se perfila en mis labios. En momentos como éste me doy cuenta que no puedo tener tan buen fondo como siempre me creo.

-          Suerte.

Ahora es ella la que sonríe.

-          Suerte he tenido al darme cuenta a tiempo, y no perder los últimos años de juventud con un neandertal como mi marido. Compadezco a la que se le arrime a partir de hoy.
Se me borra un poco la sonrisa.

-          ¿Separación?

-          Divorcio.

Quinto mandamiento: No follarás con el marido de tu vecina, mirándote al espejo de la pared del fondo, pulsando el botón de emergencia del ascensor para que se quede bloqueado. Puedes ser todo lo hijaputa que quieras en el rellano;  como si te lo montas con varios a la vez mientras  los hijos esperan pacientemente a que sus padres se corran para que los lleven a la carrera al instituto. Ni se te ocurra influir en el correcto funcionamiento del ascensor comunitario, y menos en los horarios de más tránsito de un edificio de 25 plantas.

Amén.

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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Polla hermana, polla mamada ( y IV )

Un maldito, horrible y jodido viernes.

No, perdón… Ya era sábado. Cosas del no dormir.

La idea de un whisky ahora me tenía consumida. Era una necesidad apremiante echarme algo ardiente a la garganta, quemarme la lengua con el líquido, perder la cabeza por unos momentos bajo los efectos del alcohol. Emborracharme, dormir. Porque sabía que si no bebía pasaría la noche recordando las imágenes que me habían regalado entre ambos, Víctor y Verónica. Y masturbándome, eso también.

Mis bragas…

Las últimas bragas que me había comprado mi madre. Una de las primeras que ya parecían de mujer, con algo de encaje y sin animalitos dibujados en la tela. Algodón blanco, normales y sencillas; pero no aniñadas, como hasta ahora las había usado.  Estaba muy orgullosa de esas braguitas, y me encantaba que mi hermano las hubiera escogido.

¿Pero, cuándo? No recordaba haber echado en falta nunca ropa interior. ¿Por qué ahora? ¿Lo había hecho en otras ocasiones, o había sido consecuencia su hurto y luego uso más que obsceno por verme masturbar esa misma mañana en su cama?  La cabeza me daba vueltas, y el coño me ardía con rabia. No entendía lo que sentía, las emociones se entremezclaban en mi cuerpo sin poder digerirlas, y no iba a decir que fuera solo en mi cerebro o en mi entrepierna donde sentía puntadas. Mi pecho, por nombrar uno, también  era un lugar que sentía muy vivo ahora.

Una copa, de lo que fuera… Necesitaba una copa.

Al dirigirme al mueble bar en el salón pasé por delante de la horrible espejo que mi madre tenía en el pasillo, y no pude remediar el impulso de observarme. Sin el pantalón de franela ni la braga, con la camiseta de manga corta roja que me llegaba al inicio de las caderas, muy estrechas. Casi una niña, todavía. Con pelo en el coño, pero sin la imagen voluptuosa de mis compañeras reflejada ahora en el espejo. Una talla infantil… Mi madre me consolaba con la frase de ya te llegará la hora. Pero esa hora no llegaba, y me parecía eterno el tiempo.

Abrí el mueble bar, y no encontré whisky. No podía creerlo… En su lugar, varias botellas de ginebra llenaban un pequeño espacio, compartido con varias de vino, ron y vermut. Ginebra… ¿Cómo coño se bebía la ginebra?

Y me di cuenta de que me daba igual, que mientras más me quemara la boca, tanto mejor. Así que con un vaso de un estante lleno hasta la mitad me senté en el sofá y me decidí a tener mi primera relación directa con el alcohol. Quise hacerlo como en las películas que había visto en la tele, de un tirón, pero el fuerte olor me impidió acercarme tan rápido el cristal a la boca. Así que entró despacio y a poquitos en ella, sorbiendo lentamente, disgustada por el sabor. Sabía que las muecas de mi rostro tenían que ser de chiste, pero estaba dispuesta a hacer desaparecer mis penurias con aquel líquido que me inflamaba la lengua, y me la dejaba áspera y seca. Y sin darme casi cuenta había vaciado el vaso.
Ahora me ardía, además del coño, la boca. Necesitaba alivio, y pronto.

Me llevé la mano a la entrepierna, mientras con la otra libre me volvía a servir otro tanganazo de ginebra. Mis labios menores estaban mojados por completo, y los mayores calientes, y como sentía, abultados. Dejé la botella a un lado, y aunque sabía que si volvía a llenarme el vaso sería ya para dormir la mona, no la alejé demasiado. Estaba deseosa de perder el sentido, para no seguir sintiendo la desesperación tan agobiante que tenía preso mi cuerpo, y mi cerebro. Desconectar, una opción tan válida como cualquier otra. Pero antes… quería correrme.

En la tele no había nada interesante a esa hora… y por interesante me refería a pornográfico, claro. Mensajes de esos para que llames y te descargues escenas en el móvil, pero los había visto tantas veces que ya no me ponía nada observar dos caras conocidas diciéndose siempre las mismas guarradas. Tal vez un día tuviera que pagar el precio del mensaje para tener una cosa así en el móvil… para emergencias.

Y me di cuenta que podía reenviarme el correo de mi hermano, con su video, al mío y luego borrar todas las huellas. No sabía si era buena idea hacerlo, pero siempre me quedaba después la opción de borrarlo, y tal vez mañana ya no estuviera donde lo había encontrado. No podía perder la ocasión, y me fui directa al dormitorio de Víctor, y me senté con la botella de ginebra y el vaso casi vacío en su silla de escritorio. Mi cepillo también seguía en su mesa. ¡Qué descuido, joder! Podía escuchar la voz de la tipa en la tele incitando a la gente a bajarse los videos más calientes para el móvil, pero no le hacía caso. El ordenador volvió a arrancar mientras me terminaba el alcohol del vaso, y directamente pensaba en llevarme el cuello de la botella a la boca. Miraba el reborde de cristal y me imaginaba pasando la lengua en círculos. Mientras abría el correo me levanté, aparté la silla e incliné la cabeza sobre la botella, colocándola en el estante inferior del teclado para acceder con más comodidad. Al mismo tiempo separé las piernas y me llevé el mango del cepillo entre mis pliegues, mojándolo… preparándolo para penetrarme con él mientras mamaba la botella y me torturaba el clítoris con la yema de los dedos. Me excitó verme así, inclinada, como si dos tíos me tuvieran ocupada. La verga de mi hermano en la boca, la de cualquier otro a punto de perforarme el coño.

El cepillo entró con facilidad de lo mojada que estaba. Era estrecho y pequeño, y en principio, aunque no sabía lo que se sentía tampoco con una verga de verdad ensartada, lo que sí me alivió fue poder presionar la musculatura y sentir que se cerraba sobre algo que no fuera un vacío horrible. Esa sensación me hizo sentirme plena, aun por el tamaño. Lo sujeté con la vagina, fuertemente, mientras con la mano lo introducía y lo liberaba, haciendo tope cada vez contra el fondo. Puse en marcha el vídeo nuevamente, casi de forma automática; quería escuchar otra vez los gemidos de mi hermano. Mis labios rodearon la botella y me la metí lo más que pude en la boca, y la recorrí como una guarra imaginando que no era frío cristal lo que chupaba. Mis dedos, tras darle al botón de inicio en el ratón, habían vuelto a mi clítoris y me empecé a tocar con obscena dedicación. Quería correrme, me sentía borracha, estaba loca por acabar desmadejada envuelta en las sábanas de mi cama hasta el mediodía de la mañana siguiente.

Mi lengua jugando con  la botella… era lo que más gusto me daba; imaginarla una polla.

Fui incrementando el movimiento de mis manos mientras sentía que mi excitación aumentaba. Tuve la necesidad de apartar la que sujetaba el cepillo y hacerlo desde atrás para no estorbarme, y lo que hice fue simplemente fijarlo al fondo y presionar duro, no dejándolo escapar. Mis dedos se equivocaban constantemente en mi coño, por lo mojada que estaba y por la borrachera que llevaba, además que intentaba abarcar demasiadas cosas a la vez, intentando también mirar el video de la mamada a mi hermano y no podía con todo, tenía que reconocerlo. Sabía que estaba siendo la cagada más grande para masturbarme, pero no podía remediarlo, necesitaba mis agujeros ocupados…
Y, en eso… mientras gemía contra la botella solo por el placer de escucharme gemir, vi posicionarse los pantalones vaqueros de mi hermano a mi lado.

-        -   Bea… tenemos que hablar.

Sentí caerse el cepillo al suelo antes que vergüenza… Eso llegó inmediatamente después.

-        -  Víctor… ¡Joder, no me digas nada!

Mi hermano se arrodilló y recogió el cepillo de entre mis piernas. No puedo saber si lo hizo para mirarme el culo y el coño abierto de cerca, ya que en cuando noté su presencia había cerrado los ojos inmediatamente tras apartar la boca de la botella. Quería ponerme tiesa, pero la cabeza me daba vueltas y no podía dejar de imaginarme que, al menos, en esa postura, si Víctor quería, podía hacerme suya sin el más leve inconveniente.

La mano de mi hermano dejó al lado del ratón el cepillo, y cerró el vídeo de su mamada a continuación. Lo oí suspirar y reclinarse a mi lado, apoyando las manos también en la mesa, como yo lo hacía ahora. Entreabrí los ojos para mirarlo a la cara. Estaba encendido, no sé si de vergüenza también o tal vez excitado.

-       -   ¿Por qué has venido hoy tan pronto? Nuca llegas hasta la mañana…- Hablaba la rabia borracha que me estrangulaba por dentro, al haber sido descubierta en tan deslucida escena.

-       -   Joder, Bea… Subí a por condones. Los colegas están esperando abajo. Tenemos a varias tías en el coche. Nos íbamos a un motel a follar-. Las últimas palabras sonaron amargas en sus labios, con un enorme pesar-. Y esto no debería estar contándotelo, ¡mierda! Eres menor, Bea… 
Tragué saliva. Peor no podían ir las cosas.

-       -   Pero no tonta… Además, no te olvides que soy tu hermana. No me llames menor, ese es el mejor de mis defectos ahora…

Otro suspiro. Víctor miraba a la mesa, como si en ella buscara respuestas. Yo me envalentoné y lo miré bien a la cara, cuando él no me miraba. El alcohol es lo que tiene, ayuda a hacer cierto tipo de cosas. Supongo que mis palabras no salían ni mucho menos de mi boca como yo quería articularlas, pero Víctor no se quejaba… Pensé en acercar mi rostro al suyo, a ver qué pasaba… pero no lo hice.

-        -  ¿Por qué mis bragas?

La espalda se le puso tiesa. Entonces entendió que no era la primera vez que veía el vídeo, y al mirarme él a mí nos vimos como me parece que no nos habíamos imaginado nunca… como dos cómplices de un oscuro secreto. Ahora no era yo solo la que sentía vergüenza, sin duda…

-        -   Me pusiste malo esta mañana, aunque sé que no es excusa.

Hablaba ahora de frente, y aunque yo apestaba a alcohol pude percibir que también él había bebido algo. No sabría decir si estaba borracho, pero por supuesto que muy lúcido no estaba.
Echó mano a su pantalón vaquero y sacó mis bragas de su bolsillo. Me las enseñó brevemente, y casi creí que se las llevaría bajo la nariz para olerlas por la cara que ponía. Pero no, las encerró en su puño y volvió a mirar hacia la mesa.

-       -   No debí cogerlas… eres mi hermana.- Sus palabras eran losas sobre mi cabeza.

-        -  No debí masturbarme en tu cama… eres mi hermano.- Contesté entonces, abatida.

Apretaba mis bragas con fuerza, los nudillos blancos haciendo juego con la tela. Su cara, roja.

-        -  ¿Desde cuándo, Bea? No me había dado cuenta.

-     - No hace mucho, no te creas. Cosas de la vida-, solté, como resignada al surgir de los acontecimientos-. Me harté de mirar pollas en el instituto que ni puto caso me hacían. Al menos, la tuya, la tengo cerca.

-        -  ¿Ninguna polla?- rió por lo bajo-.Quiero decir, ¿ningún chico?

Entonces reí yo.

-       -   Ninguno.

Pude ver que mi hermano me miraba el trasero de soslayo. No sé si lo hizo para hacerme sentir mejor o es que realmente mi culo en pompa le llamaba. Lo cierto es que volvieron las ganas de tirármelo, teniéndolo tan cerca como ahora lo tenía. Yo le correspondí echando un vistazo a su bragueta, que aunque me la medio ocultaba su muslo me decía que algo hinchada debía estar. Víctor se dio cuenta del interés que me despertaba y casi que lo vi recolocarse para que pudiera observarla mejor, o al menos eso imaginé.

-        -  Joder, Bea. Esto está mal…

Y se apartó de mí y se sentó en su cama, con la cabeza entre las manos. Se le veía empalmado, si… Ahora podía ver su pantalón vaquero hinchado. Me estremecí al observar que aun sujetaba mis bragas, y las tenía contra la cara. Me enderecé, no sin cierta dificultad, y quedé parada frente a la mesa, deseando quitarme la camiseta y ofrecerme desnuda a Víctor en su cama. Pero algo me decía que no debía ser yo la que diera el primer paso, que se espantaría. De ese modo, excitada y borracha, con la imagen de su polla en la cabeza y mis ojos fijos en mis bragas, cogí la botella de ginebra y se la enseñé.

-       -   Me emborraché para mamártela, Víctor-, me escuché decir, antes de pegar la boca al cuello de la botella y echarme un trago. No supe hacerlo, y el líquido rebosó por mis labios y me empapó la camiseta. Al menos conseguí no toser al tragar la ginebra que abrasó mi lengua. Un enorme trago que volvió a calentarme el cuerpo.

-        -   Hablo demasiado…

-       -   Te he escuchado con tu grupo. Y la del video estaba también borracha. Así es más fácil, ¿no? ¿Te gusto más bebida? Así al menos tengo una excusa para lanzarme…

Apartó las manos y me miró de frente, pero pronto desvió la mirada hacia mi entrepierna. Se me calentó la cara al verlo observarme con cara de lelo, se me mojó por entero el coño y temí que fuera hasta a chorrear de lo contenta que me había puesto al ver su reacción. Me sentí por un instante poderosa, dueña de mi misma y de la polla de mi hermano. Me acerqué ahora despacio, mientras me miraba. Se irguió sin dejar de clavarme los ojos, y lo mejor de todo es que no intentó huir. Se dejó seducir, y eso que yo no sabía hacerlo.

Lo estaba consiguiendo…

Llegué a su lado. Me metí entre sus piernas y esperé. Su cara quedaba a la altura de mi ombligo, y allí apoyó la frente. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, si me miraba o intentaba no hacerlo. Me daba igual… había ganado.

Sus manos se aposentaron en mis nalgas y me atrajeron hacia su cuerpo. Mis rodillas se incrustaron contra su entrepierna, y lo sentí duro y tieso. Su polla… la mía. Sentía las yemas de los dedos de mi hermano quemarme el culo, clavarse fuerte, temblar al hacerlo. Gimió cuando no pudo acercarme más a su cuerpo. Mis rodillas disfrutaron del primer contacto con su miembro endurecido, ése que de momento me deseaba, esa polla cálida que siempre me había sido esquiva y ahora se apretaba contra mis piernas.  Y mordió la tela que cubría mi abdomen. Tiró con los dientes y separó la cabeza. Fue incorporándose con la camiseta prendida de la boca, arrastrándola hacia arriba en su avance. Cuando me quise dar cuenta, entre mis jadeos y los suyos, mis pechos estaban al descubierto y sus manos los estaban apresando. Temblé de gusto al sentir sus dedos apretar los pequeños pezones, sus labios y la lengua jugar con la piel que había entre ellos. Al no saber qué hacer con las manos las dejé en su cabeza, aferrando sus cabellos. Parece que le complació el gesto.

-        -   Esto es un error, y lo sabes…- murmuró contra mi piel.

-       -   Ya nos arrepentiremos mañana-, contesté, demasiado excitada como para no aprovechar la ocasión que se me había brindado en bandeja.

Víctor levantó los brazos y me sacó la camiseta por la cabeza. La arrojó a un lado de la cama mientras me sujetaba por la nuca y acercaba sus labios a los míos. Mi boca se entreabrió por la proximidad y su calor, y aunque no quería hacerlo los ojos se cerraron para disfrutarlo. Y sentí su lengua apresar la mía sin reservas, hambriento de lo que podía encontrar en ella. Sus labios se estamparon y me devoraron, y sus manos me estrujaron contra su cuerpo, impidiendo una posible huída. Ni ganas que tenía de moverme. Sabía que tenía excitado a mi hermano, por algún extraño motivo que no podía entender, ya que no era ni por asomo su imagen de chica deseada. Pero allí estaba, besándome y tocándome el culo, elevándome contra su pelvis y separándome las piernas al hacerlo, montándome sobre sus caderas cubiertas del vaquero para llevarme contra la pared a mi espalda y sujetarme mientras se abría la bragueta y lo sentía aferrar su verga. Mis sentidos enloquecieron al saberla al descubierto entre mis piernas, casi rozando la vulva que tantas veces había sufrido su ausencia.

-        -  Por favor,  Víctor. Quiero verla…

-        -  Luego, nena. Estoy loco por follarte.

Y me di cuenta de que me daba igual no ver la polla de mi hermano antes de que me penetrara, ya me encargaría de que se corriera en mi boca. Así quería que aquello acabara, con su miembro caliente derramándose contra mi paladar y la lengua, degustar el sabor de su leche, tragarme todo lo que pudiera.

La sentí entrar de una sola vez. En un momento estaba por completo ocupada, con mis labios rodeando su polla dura como una roca. Fue una embestida fuerte, que tropezó con el fondo de la vagina produciéndome un leve dolor al chocar en ese punto al final, pero apenas si le di importancia porque era tan excitante saberme recorrida por ese trozo de carne compacto contra la pared del cuarto de Víctor que no me importaba nada más. Ese primer empujón le resultó tremendamente fácil a mi hermano, que no se esperaba encontrarme tan mojada y dispuesta. Su rostro expresó que la sensación de embestirme de ese modo le había encantado, y me llené de júbilo al saber que era del agrado de su verga.

Víctor apenas si esperó a empezar a clavarme con su miembro. Estaba cachondo y se le notaba con cada movimiento, cada gemido y cada mordida de sus dientes sobre la piel que le quedaba al alcance. Me miraba a los labios, mientras yo los mordía retorcida de gusto, y su polla entraba y salía con un ritmo frenético a la vez que sus manos me aplastaban el culo contra sus caderas. Estaba a punto de correrme solo con el roce y el chocar de su pubis contra mi clítoris hinchado, y él parecía saberlo porque se restregaba dejando su polla lo más profundamente metida en mis entrañas. Se frotaba para mí, para que lo sintiera y lo disfrutara como una perrita.

-        -  Córrete, Bea. Quiero escucharte otra vez gemir mi nombre.

Como negarle algo al perverso Víctor…

Y con su polla metida hasta el fondo me sentí mojada como nunca, jadeando de gusto sin poder ocultar el rostro porque la cabeza de él me lo impedía. Quería verme, y me miraba fijamente mientras el orgasmo recorría mi coño y subía por la columna, acompañado de los espasmos propios del placer que solo una polla bien utilizada sabría arrancarle a mi alma… La polla de Víctor…

Jadeé su nombre y lo vi sonreír, complacido. Escuchaba sus gemidos confundirse con los míos y lo sentí volver a la carga contra mi coño caliente e hinchado, y aún con espasmos. Fue delicioso sentirlo entrar y salir otra vez de mí, empotrarme contra la pared, y sus manos subirme y bajarme contra su cuerpo. Mis piernas ya no podían aferrarse a sus caderas después de mi orgasmo, pero entre su cuerpo fuerte y la pared, y con sus manos sosteniéndome, sabía que caería.

Me encantó que me moviera él mismo sobre su polla, alzando y bajando mi cuerpo como si no sintiera mi peso.

-        -  Joder, Bea. Me corro.

Me miró a los ojos y comprendió que allí no podía. Ni siquiera se había puesto un puto preservativo.

-        -  En la boca la quieres, ¿verdad?

-        -  Déjame probarla, Víctor.

Un par de golpes más contra la pared y me llevó otra vez en volandas hasta la cama. Allí me sentó y se abrió por completo el pantalón, bajándolo hasta las rodillas, dejándome observar la imponente verga que se le levantaba entre las piernas. Sus huevos colgaban junto al final de su tronco pegados mucho a él, y no podía precisar si eran grandes o pequeños ya que eran los únicos que había visto. Para mí, eran perfectos. Pero su polla vista de cerca… eso sí que me dejó sin aliento. Montada hacia la derecha, brillante por mi corrida, tiesa como nunca imaginé… Larga y gruesa, me importaba un carajo si más o menos que otras. Esa polla magnífica me acababa de follar a base de bien, y ahora iba a degustarla.

-       - Yo lo hago, Bea, déjame a mí. Solo chupa-, dijo, casi ronco. Me miraba a la boca, nunca había dejado de mirarla. Presentí que mis labios tenían que gustarle mucho.- Y no voy a apartarla… quiero terminar en ti…

Me ardió todo el cuerpo. Era eso precisamente lo que quería, y era lo que estaba prometiendo darme.

Pensé que me follaría la boca como se lo había visto hacer con Verónica. Pero no era esa su intención, al parecer, ya que su ritmo era mucho más pausado. Me tomó por la barbilla y esperó a que separara los labios. Me invitó a sujetarla yo, y así lo hice. La tomé por la base y respiré ansiosa sobre su capullo, justo antes de que me sujetara por la parte de atrás de la cabeza, aferrando mis cabellos y de un movimiento constante de la cadera me la metiera hasta sentirla chocar contra el paladar. Se quedó un buen trozo fuera, pero él no insistió en hacerla entrar más; parecía satisfecho. Esperó allí a que me acostumbrara al tamaño, y a que mi lengua tomara contacto con ella. Así lo hice… probando mi sabor en la piel caliente de mi hermano. La textura me sorprendió, ya que era mucho más suave de lo que pude haber imaginado nunca, y contrastaba tremendamente con lo dura que la sentía. Tragué varias veces para acomodarla y la ensalivé todo lo que pude, escuchando a cambio el deleite en la boca de Víctor, que jadeaba sin dejar de mirarme a los ojos. Yo intenté no apartar tampoco la vista y me centré en jugar con ese trozo de carne mientras sus caderas no se apartaban de la presión que ejercía contra mi cabeza.

-        -  Sí, nena… chupa la punta.

Obedecí, gimiendo yo ahora. Deslicé la cabeza hacia atrás y aferré el capullo con los labios, y allí dediqué mis atenciones durante el tiempo más bien escaso que me permitió mi hermano. En el momento en que algo de líquido se escapó por la uretra volvió a sujetarme de los pelos y la introdujo otra vez fuertemente, haciendo su cabeza hacia atrás y gimiéndole al techo. Bombeó de forma constante e incansable, sabía que conteniéndose por lo que había visto antes. Me imaginé que pensó que vomitaría todo el alcohol que había bebido y no estaba seguro de que resistiera una mamada a fondo como primera experiencia. Me quedé con las ganas de saber si la abría conseguido tragar entera.

Estaba dedicada a disfrutar como una guarra de ese trozo de carne como si fuera la última vez, y así lo hice. Chupé y lamí todo lo que pude y me dejó mi hermano, aferré sus huevos y el tronco con mis manos y lo miré mientras me follaba la boca con total entrega. Me sentía enormemente caliente, convencida de que podía hacer correr a Víctor por los sonidos que salían de su garganta.

-        -  Sí, Bea, sí… me corro, joder… Me corro, guarra…

Se me desbocó el corazón mientras Víctor se volvía más salvaje, menos dueño de sí mismo. En un par de ocasiones la polla entró mucho más de lo que pensé que aguantaría, pero controlé las arcadas y seguí chupando, tratando de no cerrar demasiado la boca para no rozar con mis dientes su enorme falo… aunque la tarea, me di cuenta, la tenía perdida hacía tiempo.

Víctor gimió y se empotró  contra la lengua. Supongo que lo hizo para evitarme otra arcada, y allí lo sentí descargar un buen chorro de esperma, líquido espeso y de sabor metálico que me cubrió la boca por entero. Caliente, suave y grumoso. Deliciosa la leche de Víctor mezclándose con mi saliva.

Conseguí tragarla, dejando sólo resbalar un par de gotas por mi barbilla, ya que los labios, en cuanto la polla de mi hermano desalojó mi boca, se quedaron adormilados por el roce de su piel y la mandíbula dolorida por el esfuerzo. Los dedos de Víctor recogieron las gotas y me las entregaron en la lengua, y yo los chupé, agradecida.

Jadeábamos todavía los dos mientras mi hermano volvía a vestirse y se echaba al bolsillo unos cuantos condones. El muy cabrón tenía intención de irse al coche a follar con las tías en el motel, con sus amigos. También vi que cogía mis bragas y se las guardaba en el segundo cajón de su mesilla de noche.

-        -  Quiero las bragas, Víctor… Son mías…

Mi hermano, que ya salía por la puerta del dormitorio habiéndome sólo picado un ojo a modo de despedida, con la cara colorada y la frente perlada de sudor, se volvió y me sonrió de forma encantadora.


-       -  No, Bea, no te equivoques. Esas son mías. Pero si quieres… mañana me corro en unas iguales, para ti.


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